Doctrina de la Gracia III: Expiación Definida
TERCER DESAFÍO:
“Jesucristo
murió por todas las personas del mundo, incluso por aquellos que morirán
eternamente en el infierno. La expiación de Cristo es universal, y por tanto,
no está limitada sólo a la iglesia”
Las congregaciones de hoy dan por sentado muchos temas que involucran el
corazón mismo del evangelio. Es parte de nuestro vocabulario eclesial, por no
decir de nuestro dialecto, decir que Cristo haya pagado el precio del pecado
por todos y cada uno de los individuos en el mundo. Según esta enseñanza,
Jesucristo murió por todos los pecadores del mundo, por toda la humanidad. La
expiación, o pago de los pecados por medio del sacrificio que hizo Jesucristo,
es universal, ilimitada, no definida hacia ningún individuo en particular e
igualitaria para todos. Los pasajes bíblicos que exponemos para exponer esta
doctrina contienen palabras que tienden hacia el universalismo tales como
“todos” y “mundo”. Es tal nuestro apego a esta enseñanza que consideramos que
cuestionarla sólo puede ser fruto de una mente descabellada.
Sin embargo, existen diversas interrogantes al exponer una expiación universal.
La primera es: ¿Cristo pagó el precio por el pecado o sólo pagó la posibilidad
de ser salvo?, y la segunda es: Si pagó el precio por el pecado, ¿Por qué gran
parte de la humanidad pagará ese precio muriendo eternamente en el infierno si
Cristo ya pagó por ellos? Como vemos la segunda pregunta es una secuencia
lógica de la primera consulta. Si Jesús pagó por todos los pecados de los
hombres entonces todo el mundo debiese ser salvado, y por tanto, el infierno
estaría vacío. Ante esta conclusión, lo que exponen nuestras enseñanzas es que
la expiación de Cristo es suficiente para la salvación pero sólo eficaz para
los que aceptan por la fe tal sacrificio. El poder de la expiación, por lo
tanto, está condicionado a la reacción propia de los pecadores, que es la
aceptación o rechazo de la muerte de Cristo por el pago de sus pecados. De
acuerdo a esto último, Jesús no pagaría exactamente el precio por el pecado,
que es la muerte, sino que compraría la posibilidad de ser salvo, dejando toda
decisión a la humanidad caída.
No obstante, la exposición de las Escrituras es distinta. La muerte de Cristo
asegura al cien por ciento la salvación para el pecador. Él murió de manera
sustituta, pagó la muerte que debíamos, y por tanto, nos salvó de nuestro
pecado y de la justa retribución por este, la cual es la muerte eterna y el
infierno. La Escritura nos garantiza que el sacrificio de Cristo en la cruz es
eficaz, cumple su propósito: entregarse asimismo por nosotros. Sin embargo,
¿Quiénes son los receptores de esta expiación? Según nuestras enseñanzas, la
expiación es eficaz sólo a aquellos que eligen a Dios y tienen fe en Cristo,
aceptándole como su salvador personal. A contraposición de esta doctrina, la
Escritura nos enseña que la fe no es un requisito para ser salvo, sino más bien
un fruto de la regeneración que opera Dios a través del Espíritu Santo (Gálatas
5:22; Juan 6:29). La fe es un don de Dios y no una capacidad común en la
humanidad. ¿Puede un muerto tener fe en Cristo? Por supuesto que No. Es
necesario resucitarlo, que vuelva a la vida. La regeneración por medio del
Espíritu Santo asegura la capacitación de Dios al pecador para responder en fe
y arrepentimiento. Por tanto, afirmar por un lado que la salvación, que incluye
la expiación, es una obra absoluta de Dios, y por el otro, que es necesario
acatar, elegir o aceptar a Dios para ser salvos, es una completa contradicción.
Sin perjuicio de lo anterior, la discusión no es si la expiación de Cristo es
eficaz o no, ya que está completamente fuera de debate, más bien el punto es,
si Cristo ofreció o no su sacrificio por todos o sólo por los elegidos. Bien lo
explica Loraine Boettner: “La pregunta que debemos discutir bajo el tema de la
“expiación limitada” es, ¿Ofreció Cristo su vida como sacrificio por toda la
humanidad, por cada individuo sin excepción; o la ofreció por los elegidos
únicamente? En otras palabras, ¿tuvo el sacrificio de Cristo el propósito
meramente de brindar a todos los hombres la posibilidad de ser salvos o fue su
propósito el de asegurar la salvación de aquellos que le habían sido dados por
el Padre?” (La predestinación, pág. 89). El gran problema de asegurar que la
expiación es universal, y al mismo tiempo corroborar en las Escrituras que no
todo el mundo será salvo, es limitar el poder del sacrificio de Cristo. Según
nuestra enseñanza, si el hombre no acepta a Cristo en su corazón, el poder de
la expiación es nulo, el sacrificio por sí mismo no salvaría a nadie. Hemos
divinizado tanto nuestro libre albedrío que asumimos que el buen ejercicio de
este, la elección por Cristo, hace eficaz el poder de la expiación. Por tanto,
la expiación de Cristo no salvaría a nadie si ningún pecador procediera a
creer.
Todo lo anterior podrá ser un buen argumento lógico en contra de la expiación
universal, pero hasta el momento no hemos demostrado bíblicamente si esto es
real o no. A pesar que la expiación universal es bastante verosímil, no es del
todo bíblica, es más, compromete pilares fundamentales de la doctrina cristiana
como tal. Revisemos lo que la Palabra de Dios nos dice acerca de la expiación
de Cristo.
El
significado y propósito de la expiación
Primero que todo, ¿Qué significa expiar? Entendemos la expiación como el acto
en que se paga o repara la culpa por medio del sacrificio. En el antiguo
testamento se destina casi todo un libro a este tema. El tercer libro del Pentateuco,
Levítico, nos enseña todas las cosas concernientes a los levitas, tribu de
Israel dedicada, por orden de Dios, al sacerdocio y sistema expiatorio. Dios
había ordenado que los pecados de su pueblo fueran perdonados mediante el
sacrificio de animales. Existían distintas ofrendas de expiación: holocaustos,
ofrenda de paz, ofrenda por el pecado, ofrenda de expiación, sacrificio por la
culpa, en fin, una serie de ofrendas expiatorias que tenían dos elementos en
común. En primer lugar, para cada sacrificio se exigía como requisito que el
animal a sacrificar debía ser santificado o consagrado para ese fin. El cordero
a sacrificar debía ser inmaculado, consagrado, destinado desde su nacimiento al
holocausto. En segundo lugar, el animal debía morir degollado, a fin que
derramase hasta la última gota de sangre. Sumado a otras condiciones, estos dos
puntos eran esenciales para el sacrificio, a tal nivel que Dios rechazaba
completamente la expiación si se faltase a tan sólo uno de estos puntos. La
sangre cobra el papel principal en la obra expiatoria, ya que a través de esta
Dios acepta o no el perdón de los pecados de su pueblo. ¿Por qué razón la
sangre es tan importante para Dios?
La ley mosaica nos especifica que la sangre es el símbolo más auténtico de la vida.
Sin sangre, no hay vida, y es por esto que Dios a través de Moisés dice: “…la
vida de la carne en la sangre está, y yo os la he dado para hacer expiación
sobre el altar por vuestras almas; y la misma sangre hará expiación de la
persona” (Levítico 17:11). Si la sangre es la representación de la vida,
entonces la sangre derramada es la representación de la muerte. A diferencia de
los dioses paganos de las civilizaciones contemporáneas a los tiempos bíblicos,
Dios no exigía el derramamiento de sangre inocente porque mostrara un grado de
placer ante ello. Dios, siendo justo, no puede en ningún punto negar su
justicia. Si la Escritura nos dice que la paga por el pecado es la muerte
(Romanos 6:23) y que todos estamos muertos, por cuanto todos pecamos (Romanos
3:23; 5:12), Dios es justo si envía a toda la raza humana al infierno, a morir
eternamente, por haber quebrantado su ley. Si Dios pasara por alto los pecados,
por el sólo argumento de su amor, no sería del todo justo, pues no daría la
justa sentencia por el pecado, y no amaría de manera perfecta, pues desecharía
su odio contra la maldad, aspecto clave de su amor por la verdad y la justicia.
Para perdonar los pecados del pueblo de Israel, Dios mandó a efectuar el
sistema expiatorio descrito en Levítico. Lo que hace la expiación, sacrificio
para borrar las culpas y las transgresiones, es imputar los delitos
personalmente cometidos en una criatura santificada para el sacrificio, a fin
que por medio del sacrificio los pecados pasen a la criatura inmolada y el
pueblo sea limpio. Por esto es necesaria la sangre y el sacrificio. En otras
palabras, Dios traspasaba toda la culpabilidad del pueblo de Israel a una
criatura inocente, para que el sacerdote la degollara y por medio de la muerte
de esta, representada por la sangre derramada, Dios consideraba pagada la
trasgresión, y por tanto, no niega su justicia. La demanda de castigo queda
satisfecha, la criatura inocente y pura muere de forma vicaria, es decir, en
reemplazo de los pecadores. Al ser traspasados los pecados del pueblo a la
criatura, esta no era considerada ya inocente, sino una masa de pecado que
pagaría la muerte que los demás debían. Finalmente, la sangre derramada era
presentada por el Sumo Sacerdote en el lugar Santísimo del Tabernáculo de Reunión,
donde Dios podía o no aceptarla como sacrificio válido y suficiente para
perdonar los pecados de su pueblo. Si la aceptaba, la sangre cubría los pecados
de los transgresores, a tal punto, que Dios los consideraba limpios. Si la
rechazaba los resultados eran contrarios.
Con el tiempo, el sacrificio levítico comenzó a ser insuficiente. El pecado era
tan constante en el pueblo de Israel que la mayoría moría en su pecado, ya que
apenas siendo limpiados por la sangre de los corderos incurrían nuevamente en
pecado. Así es descrito en el Nuevo Testamento: “Y ciertamente todo sacerdote
está día tras día ministrando y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios,
que nunca pueden quitar los pecados” (Hebreos 10:11). Con seguridad el sistema
expiatorio no era el método por el cual Dios perdonaría eternamente los pecados
de su pueblo, no terrenal ni sanguíneo, sino de la más bella congregación de
lavados y limpiados por la sangre de uno que dio la vida por los suyos. El
único que puede cumplir los requisitos de Dios es Dios mismo, y Dios encarnado
en Jesucristo, vino a este mundo, viviendo sin pecado ni mancha alguna,
consagrado desde su nacimiento para morir como aquellos corderitos del Antiguo
Testamento. En la cruz, Jesús murió de manera sustitutiva por los pecadores.
Dios lo entregó para llevar el pecado de muchos. Siendo inocente, dio hasta la
última gota de sangre perfecta, no contaminada por el pecado.
Los pecados del pueblo santo de Dios, de los que Él escogió desde antes de la
fundación del mundo, fueron contados sobre Jesucristo. Él fue considerado
maldito por nuestra causa: “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho
por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado de
un madero)” (Gálatas 3:13). El profeta Isaías dice que: “…él fue herido por
nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue
sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados… como cordero fue llevado al
matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores…” (Isaías 53:5 y 7). Juan
el Bautista presenta a Jesús como: “…el Cordero de Dios, que quita el pecado
del mundo” (Juan 1:29). Mediante el sacrificio de Cristo, Dios considera la
demanda de castigo pagada, su justicia es satisfecha, Él descargó toda su ira
contra el pecado hacia su Hijo Unigénito: “siendo justificados gratuitamente
por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso
como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia,
a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados”
(Romanos 3:24-25). Cristo hizo el sacrificio perfecto y suficiente: “pero
Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los
pecados, se ha sentado a la diestra de Dios” (Hebreos 10:12). Por lo tanto, a
través del sacrificio de Jesús, Dios no deja de ser justo: “con la mira de
manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que ÉL sea el JUSTO, y el que
JUSTIFICA al que es de la fe de Jesús” (Romanos 3:26).
El propósito de la expiación es quitar los pecados de los hombres mediante la
muerte de un ser limpio, sin mancha, inocente delante de Dios, el cual se
dispone de manera sustitutiva por los que habrán de ser limpios por su sangre.
La ira de Dios contra el pecado recae sobre tal criatura, y por tanto, la paga
por el pecado, la muerte, queda saldada. Al igual como en el Antiguo
Testamento, la expiación paga el precio integro de la condenación, no compra
solamente la posibilidad de ser salvo, sino que asegura la salvación.
“Con
todo eso, Jehová quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento. Cuando haya
puesto su vida en expiación por el pecado…”
(Isaías
53:10)
¿Realmente
la palabra “todos” o “mundo” representa lo mismo todo el tiempo?
Una vez entendido el significado espiritual de la expiación de Cristo Jesús,
debemos hacernos la siguiente consulta: ¿Hacia quiénes estuvo referida la
expiación? ¿Por quiénes Jesucristo pagó la muerte que debían? Ante esto podemos
responder de manera instantánea que el Señor lo hizo por toda la humanidad,
tanto por su iglesia como por los que jamás creerían en Él y morirían en el
infierno. Pero, ¿Encontramos esto en la Escritura? El pasaje más citado al
momento de exponer que Jesús murió por toda la humanidad, es decir, por cada
individuo sin excepción alguna, es Juan 3:16:
“Porque
de tal manera amó Dios al MUNDO, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo
aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”
(Juan
3:16).
Para
la teología actual, Dios amó a todos los hombres en el mundo de tal forma que
dio a su Hijo Unigénito. Aunque sólo se salvarán los que en Él crean, Dios
dispuso de esta expiación a toda la humanidad. Sin embargo, ¿Es esta la
interpretación correcta de este texto tan importante? ¿La palabra “mundo”
siempre significa “todas las personas en el mundo entero”? Es muy apresurado
afirmar que Cristo pagó el pecado de toda la humanidad, sólo porque la palabra
mundo está presente en el texto. Este versículo por sí sólo puede llevarnos a
concluir que Cristo realizó una expiación universal. No obstante, sabemos que
la Biblia habla un solo mensaje, y la forma correcta de interpretar un pasaje
individual no es aislarlo, sino situarlo en el contexto literario, histórico y
bíblico dentro de la Escritura. Al hacer una exégesis o interpretación más
acercada al sentido o intención del autor, llegamos a conclusiones distintas a
las planteadas por la doctrina de la expiación universal.
En el mismo evangelio según San Juan, la palabra mundo se repite más de 60
veces, y no todas ellas son una referencia directa a todas las personas en el
mundo sin excepción. Podemos mencionar distintos ejemplos. Cuando Jesús entró
triunfalmente en Jerusalén, los fariseos decían: “…Ya veis que no conseguís
nada. Mirad, el MUNDO se va tras él” (Juan 12:19). ¿Realmente esta palabra hace
alusión a todas las personas en el mundo entero? Jesús dice que el Espíritu
Santo: “…convencerá al MUNDO de pecado, de justicia y de juicio” (Juan 16:8).
¿Acaso de Pentecostés hasta hoy toda la tierra está convencida de su pecado y
del juicio de Dios? Si es así, todos en la tierra serían salvados, pues el
mismo Espíritu Santo los convencería de su maldad y ha prometido guiarlos hacia
toda verdad (v.13). Tenemos también a Juan el Bautista diciendo: “…He aquí el
Cordero de Dios, que quita el pecado del MUNDO” (Juan 1:29). Si Jesucristo es
presentado como el cordero que expía el pecado de todas las personas en el
mundo, entonces todos en la tierra serían considerados justos y limpios de su
pecado, según lo estudiado en el significado de la expiación de Cristo.
¿Podríamos sostener aquello? En ninguna manera. Antes Cristo ofreció su vida
por los que creen en Él. Otros pasajes nos hacen hincapié en el mismo asunto:
“Aconteció en aquellos días, que se promulgó un edicto de parte de augusto
cesar, que TODO EL MUNDO fuese empadronado” (Lucas 2:1). ¿Cuántos habrán
resultado del censo en Europa? ¿O en Norteamérica? En el mismo capítulo se nos
dice: “Pero el ángel les dijo: No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran
gozo, que será para todo el pueblo” (Lucas 2:10). ¿Se regocijaron realmente
todos en el pueblo, incluso los fariseos? Tenemos al apóstol Pablo diciendo:
“…la esperanza que está guardada en los cielos, de la cual habéis oído por la palabra
del evangelio, que ha llegado hasta vosotros, así como a TODO EL MUNDO…”
(Colosenses 1:5-6). La carta a los colosenses data de mediados del siglo
primero, y aquí el apóstol Pablo nos dice que el evangelio ya había llegado a
“todo el mundo”. ¿Llegó a Australia? ¿O a Chile? ¿Nota usted que es absurdo
interpretar todo el tiempo la palabra “mundo” como refiriéndose a todas las
personas del planeta? ¿Acaso tengo que explicar la pregunta anterior
especificando que “todo el tiempo” no se refiere a toda nuestra vida? Por lo
revisado hasta el momento la palabra “mundo” o “todo el mundo” está explicada
la mayoría de las veces de forma figurativa, no literal.
Una mirada al contexto inmediato de Juan 3:16 nos aproximaría más aún a las
mismas conclusiones. Desde Juan 3:2 Jesús establece un diálogo con Nicodemo, un
principal entre los judíos (v.1). Este punto no es de menospreciar, pues ejerce
mucha influencia en nuestra comprensión cultural e histórica, y por tanto,
aportaría a una aproximación del significado más autentico de este pasaje. Al
analizar el contexto cultural, podemos notar que, en los tiempos de Cristo, la
sociedad judía era sumamente nacionalista y celosa por sus tradiciones. Aunque
en muchos puntos de la ley se menciona la observancia por la pureza étnica, es
decir, la no fusión con los elementos extranjeros, la vida diaria de los judíos
contemplaba muchas costumbres que hacían del gentil (persona no judía) una
fuente de contaminación para el pueblo. Tenemos en el Nuevo Testamento diversos
pasajes que apuntan a este fanatismo por la raza y la cultura:
“Llevaron
a Jesús de casa de Caifás al pretorio. Era de mañana, y ellos no entraron en el
pretorio para no contaminarse, y así poder comer la pascua”
(Juan
18:28).
“Y les
dijo: Vosotros sabéis cuán abominable es para un varón judío juntarse o
acercarse a un extranjero; pero a mí me ha mostrado Dios que a ningún hombre
llame común o inmundo”
(Hechos
10:28).
“diciendo:
¿Por qué has entrado en casa de hombres incircuncisos, y has comido con ellos?”
(Hechos
11:3).
La sociedad judía estaba obsesionada por la raza y la cultura. Esto es un punto
no menor a considerar en el diálogo entre Jesús y Nicodemo, ya que este último
era uno de los principales entre los judíos, por tanto, no negaba en ningún
punto la importancia de la etnia y la cultura. Alfred Edersheim, en su obra
“Usos y costumbres de los judíos en los tiempos de Cristo” señala:
“La
leche ordeñada de una vaca por manos gentiles, y el pan y el aceite preparados
por ellos, podían ser vendidos a los extranjeros, pero no usados por los
israelitas…Si un pagano era invitado a una casa judía, no podía ser dejado solo
en la estancia, pues en caso contrario se consideraba que todos los artículos
alimenticios o bebidas en la mesa eran impuros. Si se les compraban útiles de
cocina, tenían que ser purificados con fuego o agua…”
(“Usos
y costumbres de los judíos en los tiempos de Cristo”; Alfred Edersheim, pág.
47-48)
La historia del pueblo de Israel, desde sus comienzos hasta los tiempos de
Cristo, siempre estuvo marcada por la intervención de Dios. Ellos sostenían que
este celo era legítimo, ya que eran el pueblo que Dios escogió en esta tierra
para mostrar sus maravillas. Es obvio que el Mesías que esperaban (y que aún
esperan) validara todas sus costumbres y pensamientos, otorgándoles salvación
únicamente a ellos. El pensamiento judío no admitía en su comprensión de las
Escrituras que el Mesías salvara también a los gentiles. Sin embargo,
Jesucristo, después de exponer sobre el nuevo nacimiento, dijo a Nicodemo,
representante de esta sociedad obsesionada por su identidad étnica: “Porque de
tal manera amó Dios al MUNDO, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo
aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16). Jesús,
como Mesías, no vino únicamente a rescatar a un pueblo sanguíneo, sino más bien
a uno espiritual, del cual no estará formado sólo por judíos, sino también por
gentiles. Lo que quiso decir Jesús es que el pueblo directo en el que se
encontraba no serían los únicos receptores de la salvación, sino que otras
personas en el mundo también participarían de ella. Alfred Edersheim, ante este
punto establece:
“La
revelación más inesperada y revelación más inopinada, desde el punto de vista
judío, fue la de la demolición de la pared intermedia de separación entre
judíos y gentiles…No había nada análogo a esto; ni se podía encontrar una sola
insinuación ni en la enseñanza ni en el espíritu de aquellos tiempos”
(“Usos
y costumbres de los judíos en los tiempos de Cristo”; Alfred Edersheim, pág.
49).
Como dice el autor, cortar esta barrera entre judíos y gentiles era la cosa más
inusitada que podría pensarse en la época, más aún si Jesús revelara en sí
mismo el misterio que había permanecido oculto hasta entonces: la conformación
de su Iglesia Universal. En resumen, el hecho que la palabra “mundo” esté en
este tan citado pasaje no es evidencia para afirmar que la expiación de Cristo
fue por todos y cada uno de los individuos del mundo, sino que nos aproxima a
la idea que Dios en Jesucristo no vino sólo a salvar a judíos sino también a
gentiles: “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros
maldición… para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los
gentiles, a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu” (Gálatas
3:13-14).
Otro
pasaje similar podemos encontrarlo en la primera epístola del apóstol Juan, muy
citado para exponer una expiación universal:
“Y él
es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino
también por los de TODO EL MUNDO”
(1
Juan 2:2)
Nuevamente las palabras “todos” y “mundo” ingresan al debate. Nuestra primera
consulta es la misma que hicimos en el análisis minucioso de Juan 3:16: ¿Este
pasaje revela en sí mismo que Jesucristo vino a expiar el pecado de todo el
mundo? Nuevamente, este versículo por sí solo puede hacernos pensar que la
expiación fue por toda la humanidad, pero una vez llevado al contexto bíblico
las conclusiones son distintas. Muchos al citar este pasaje no tienen en cuenta
la etimología ni el contexto bíblico de la palabra “propiciación”. El
significado teológico de esta es “apaciguar la ira de Dios mediante una acción
agradable delante de Él”. El apóstol Juan menciona en el versículo anterior que
escribía tales cosas para que sus receptores no pecaran, y si hubiesen pecado:
“…abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo” (1 Juan 2:1). El apóstol
agrega que Él (Jesús) es la propiciación por nuestros pecados, es decir, siendo
abogado defensor por nosotros delante de la justicia de Dios, pone la evidencia
suprema para apaciguar la ira que merecemos (Efesios 2:3): su propia sangre
derramada en la cruz. Para entender esto último debemos tomar en cuenta que la
propiciación por los pecados no es una palabra nueva para el apóstol, sino que
una relación directa al sistema expiatorio dado a los levitas en el Antiguo
Pacto. Al referirse al arca del testimonio que estaba en el tabernáculo de
reunión, Dios manda a hacer este propiciatorio: “Y pondrás el propiciatorio
encima del arca, y en el arca pondrás el testimonio que yo te daré” (Éxodo
25:21). Una vez ya dispuesto el propiciatorio y su ubicación dentro del
santuario, Dios dispuso su sentido. En la ley, Aarón, el hermano de Moisés,
debía realizar expiación por sí mismo, para luego interceder por la limpieza
del pueblo. Para ello se le daba un becerro, que una vez degollado, debía
cumplir lo siguiente: “Tomará luego de la sangre del becerro, y la rociará con
su dedo hacia el propiciatorio al lado oriental; hacia el propiciatorio
esparcirá con su dedo siete veces de aquella sangre” (Levítico 16:14). De esto
también habló el autor de Hebreos en el capítulo 9. Por tanto, conocer el
significado y sentido de la propiciación en el Antiguo Testamento puede
resultar clave en nuestro entendimiento de1 Juan 2:2.
El sentido que nos da el pasaje es el siguiente: Cristo es la propiciación, es
decir, la persona de la cual Dios Padre siente tanta complacencia, que
proponiendo su sacrificio perfecto, santo y agradable delante del Padre,
apacigua la ira contra el pecado de su pueblo, y de esta forma, los salva. El
acto de la propiciación es, en estricto sentido, para apaciguar la ira de Dios
contra el pecado mediante la sangre de Cristo, y por tanto, resulta en la
efectiva salvación de su pueblo. En el sistema expiatorio del Antiguo
Testamento los sacrificios no lograban limpiar eternamente los pecados del
pueblo de Israel, caso contrario al sacrificio perfecto de Cristo, hecho una
vez y para siempre. En consecuencia, si Cristo es la propiciación por los
pecados de toda la humanidad, otorgando eficazmente la salvación por ese
sacrificio, entonces todas las personas en el mundo serían salvas, un enfoque
completamente alejado de la verdad de la Escritura. Ahora, si pensamos que el
apóstol Pablo al decir “todo el mundo” se refería al carácter universal de la
iglesia, es decir, que la propiciación de Cristo alcanzará a muchas personas en
todo el mundo, entonces seremos consistentes no sólo con la plenitud, poder y
suficiencia del sacrificio de Cristo, sino también con el significado puramente
bíblico de la propiciación.
Otro
pasaje igualmente citado se encuentra en la segunda epístola del apóstol Pedro.
Nuevamente la palabra “todos” nos induce a una expiación universal:
“El
Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es
paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que TODOS
procedan al arrepentimiento”
(2
Pedro 3:9).
Al situar este pasaje en su contexto epistolar podemos ver que los receptores
de las cartas del apóstol Pedro son los “escogidos”: “…a los expatriados de la
dispersión en el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia, elegidos según la
presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu…” (1 Pedro 1:1-2) y
“Simón Pedro, siervo y apóstol de Jesucristo, a los que habéis alcanzado, por
la justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo, una fe igualmente preciosa
que la nuestra” (2 Pedro 1:1). Por tanto, debemos partir nuestro análisis
tomando en cuenta que las epístolas del apóstol Pedro estaban dirigidas a todos
los cristianos de la época, en estricto sentido, y no a toda la humanidad sin
excepción de salvados y no salvados.
Al citar el pasaje en cuestión, nuestra interpretación automática es que Dios
desea que “todas las personas en el mundo” procedan al arrepentimiento. Sin
embargo, esta no es la intención que el texto nos quiere dar. El apóstol Pedro
dice que Dios se muestra “paciente con nosotros”, es decir, él y los receptores
de su carta, los escogidos de Dios, de tal forma que no quiere que ninguno DE
ELLOS perezca, sino que TODOS ELLOS, ninguno más ni uno menos, procedan al
arrepentimiento. El apóstol Pedro dice unos versículos antes que: “…en los
postreros días vendrán burladores, andando según sus propias concupiscencias, y
diciendo: ¿Dónde está la promesa de su advenimiento?...” (2 Pedro 3:3-4). Su
respuesta ante estos es que Dios no retarda su promesa, como algunos pueden
sostener que es así, sino que con paciencia desea que TODOS SUS ESCOGIDOS
procedan al arrepentimiento.
Por lo que podemos ver a lo largo de todas las menciones, la palabra “todos” y
“mundo” no se usan en sentido literal, sino en figurativo. Los escritores del
Nuevo Testamento las utilizaban para corregir el pensamiento judío de que la
salvación era solamente para ellos. Por lo tanto, su intención era aclarar que
Jesús vino a salvar a muchas personas sin distinción de etnia, cultura,
nacionalidad o raza. Dios salvará tanto a judíos como a gentiles. Las palabras
“todos” o “mundo” utilizadas en la temática de la expiación más bien son
representativas de una gran multitud. Revisemos esto en las Escrituras:
“…por
su conocimiento justificará mi siervo justo a MUCHOS, y llevará las iniquidades
de ellos. Por tanto, yo le daré parte con los grandes, y con los fuertes
repartirá despojos; por cuanto derramó su vida hasta la muerte, y fue contado
con los pecadores, habiendo él llevado el pecado de MUCHOS, y orado por los
transgresores”
(Isaías
53:11-12).
“como
el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y dar su vida en
rescate por MUCHOS”
(Mateo
20:28).
“porque
esto es mi sangre del nuevo pacto, que por MUCHOS es derramada para remisión de
pecados”
(Mateo
26:28).
“…Padre,
la hora ha llegado; glorifica a tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique
a ti; como le has dado potestad sobre toda carne, para que dé vida eterna a
TODOS LOS QUE LE DISTE”
(Juan
17:1-2).
Sin embargo, todas estas menciones no aseguran por sí solas que Cristo murió
por los escogidos solamente, puesto que los “muchos” o los que “el Padre le dio
a Jesucristo” podrían corresponder a “todas las personas en el mundo entero”.
Para asegurar una expiación definida sólo a los escogidos es necesario tener
pruebas bíblicas que, en primer lugar, demuestren que Cristo pagó con su muerte
el pecado de la iglesia solamente, y en segundo lugar, refuten la idea que tal
pago fue para todos y cada uno de los individuos del mundo entero. Por lo visto
hasta ahora, los versículos que comúnmente citamos al momento de pronunciar una
expiación universal como Juan 3:16, 1 Juan 2:2 y 2 Pedro 2:9 no son pruebas
indiscutibles que Cristo pagó el pecado de todas y cada una de las personas en
el mundo, puesto que, al someterlos a un examen riguroso, situándolos en su
contexto histórico y comparándolos con otros pasajes, no demuestran de manera
inequívoca que la expiación universal sea un mensaje consistente con toda la Escritura.
Las
razones bíblicas para la expiación de Cristo referida sólo a la iglesia
La doctrina de la expiación definida podría ser una mal interpretación de las
Escrituras, más aún si no hemos presentado pruebas bíblicas que acrediten que
Jesús realmente vino a expiar el pecado de sólo sus escogidos, ni uno más, ni
uno menos. Cualquiera hasta el momento podría objetar que aunque es cierto que
la palabra “todo el mundo” es regularmente empleada de forma figurativa, esto
no es argumento suficiente para demostrar fehacientemente la doctrina de la
expiación definida. Esto es claro, ya que perfectamente Jesús o los apóstoles
pudieron haberse referido a la expiación universal, utilizando literalmente la
palabra todos. Sin embargo, en la Escritura existen claras evidencias que
apoyan la expiación de Jesús sólo por su iglesia, tanto en la prefigura de la
expiación del Antiguo Testamento como en las palabras de Cristo y sus
apóstoles.
En el Antiguo Testamento, siempre la expiación tuvo la dirección de limpiar
solamente los pecados del pueblo de Israel. Los sacrificios efectuados por los
levitas no cubrían los pecados de los egipcios, los persas o los babilonios.
Siempre tuvieron el propósito de borrar las rebeliones del pueblo de Dios. Por
tanto, debemos considerar en primer lugar que la expiación siempre fue
exclusiva.
Con respecto a la expiación de Cristo, los evangelios nos dicen: “Y dará a luz
un hijo, y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus
pecados” (Mateo 1:21). Vemos que desde la misma anunciación del nacimiento de
Jesús su propósito sería claro, salvar a SU PUEBLO de sus pecados. Si el pueblo
de Jesús es sólo el pueblo de Israel entonces en vano predicaban los apóstoles
a los gentiles. Si el pueblo de Jesús fuera todo el mundo, es decir, que Jesús
salvaría a todas las personas de la tierra de sus pecados, entonces nadie iría
al infierno. ¿Cuál es entonces el pueblo de Cristo, la congregación por la cual
Él vino a salvar de sus pecados?
En
el desafío anterior estudiamos que Dios ha escogido a una congregación de
pecadores para ser salvados de sus pecados y llevados a su gloria. Al revisar
el significado de la palabra “iglesia” nos encontramos con el griego “Ekklesia”
que significa “el llamado a algunos”. Si Cristo vino a salvar a su pueblo de
sus pecados, ¿Existe alguna evidencia bíblica que asuma que su expiación, el
propósito esencial de su venida, tiene como único receptor a la iglesia , el
grupo de personas escogidas por Dios?
Luego de indagar en la Escritura mi respuesta es sí. Tenemos innumerables
menciones en la Escritura sobre el sacrificio de Cristo por la iglesia, tanto
en forma explícita como indirecta. Por ejemplo tenemos al apóstol Pablo
diciendo en un discurso en Mileto: “Por tanto, mirad por vosotros, y por todo
el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la
iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre” (Hechos 20:28) y a la
iglesia en Efeso: “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la
iglesia, y se entregó a sí mismo por ella” (Efesios 5:25). Según las palabras
del apóstol, el propósito de la expiación de Cristo fue entregarse y ganar por
su sangre a la iglesia, no por todas las personas en el mundo entero. Siguiendo
con lo revelado por el apóstol Pablo, Jesús se entregó a sí mismo por la
iglesia: “para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua
por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no
tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha…
Porque nadie aborreció jamás su propia carne, sino que la sustenta y la cuida,
como también Cristo a la iglesia” (Efesios 5:26-29). Según lo anteriormente
revisado, Cristo purifica, santifica, sustenta y llena de gloria a su iglesia,
lo que revela que el propósito de su expiación está referido única y
esencialmente a ella.
La
consulta ahora es, ¿Es la iglesia el pueblo que Cristo vino a salvar de sus
pecados? Veamos las pruebas bíblicas:
“porque
el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la
cual es su cuerpo, y él es su Salvador”
(Efesios
5:23).
“…Y el
Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos”
(Hechos
2:47).
Si
bíblicamente Jesús vino a salvar a SU PUEBLO de sus pecados (Mateo 1:21), y la
Escritura nos dice que Él es el Salvador de la iglesia, y que añade cada
día a los salvados en este grupo de personas, entonces tenemos sólidas
evidencias para afirmar que Cristo se dio a sí mismo sólo por la iglesia, por
nadie más ni nadie menos, puesto que los salvados son añadidos por el Señor
mismo a la iglesia, forman parte de ella, y no hay salvado fuera de esta misma.
Por tanto, si Jesús vino a salvar a su iglesia de sus pecados y se entregó a sí
mismo por ella, ¿es todo el mundo parte de la iglesia? Hago esta pregunta
puesto que afirmamos sin pensar dos veces en que Cristo se entregó por toda la
humanidad, y no sólo por la iglesia. ¿Cómo entonces podemos explicar la
distinción que hace el apóstol Pablo en su primera carta a los Corintios?: “No
seáis tropiezo ni a judíos, ni a gentiles, ni a la iglesia de Dios” (1
Corintios 10:32). Si todo el mundo fuese parte de la iglesia, entonces no
habría tal distinción.
El apóstol Pedro refiriéndose a todos los que han “renacido para una esperanza
viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos” (1 Pedro 1:3) dijo
enfáticamente: “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, NACIÓN
SANTA, PUEBLO ADQUIRIDO POR DIOS, para que anunciéis las virtudes de aquel que
os llamó de las tinieblas a su luz admirable; vosotros que en otro tiempo no
erais PUEBLO, pero que ahora sois PUEBLO DE DIOS; que en otro tiempo no habíais
alcanzado misericordia, pero ahora habéis alcanzado misericordia” (1 Pedro
2:9). Notemos la expresión “Pueblo adquirido por Dios”, sinónimo de comprado,
obtenido, alcanzado, apropiado o adueñado por Dios. Una vez nacido de nuevo por
el Espíritu Santo y llevado a creer y arrepentirse de sus pecados, el hombre es
considerado parte de esta nación santa y pueblo adquirido por Dios, siendo que
antes no era parte del pueblo, pero ahora, en Cristo Jesús es parte del pueblo
que Dios ha alcanzado y ha hallado misericordia. Este pueblo ha sido salvado
por Dios y reúne todas las características de lo que Jesús y los apóstoles
llaman “Iglesia”. Esto con seguridad guarda relación con la mención de Oseas
que hace el apóstol Pablo: “…Llamaré pueblo mío al que no era mi pueblo, Y a la
no amada, amada. Y en el lugar donde se les dijo: Vosotros no sois pueblo mío,
Allí serán llamados hijos del Dios viviente” (Romanos 9:25-26). Cabe mencionar
que el mismo apóstol Pablo hizo variadas menciones sobre esta adquisición de
Dios:
“¿O
ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en
vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido
comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro
espíritu, los cuales son de Dios”
(1
Corintios 6:19-20).
“…asimismo
el que fue llamado siendo libre, esclavo es de Cristo. Por precio fuisteis
comprados; no os hagáis esclavos de los hombres”
(1
Corintios 7:22-23).
El pueblo de Dios por tanto no es estrictamente el pueblo de Israel sino que
todos los regenerados, salvados, redimidos, justificados y adoptados por Dios
de todo el mundo: “y cantaban un nuevo cántico, diciendo: Digno eres de tomar
el libro y de abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos
has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación” (Apocalipsis
5:9). La sangre de Cristo es el precio que Dios pagó para adquirir este pueblo,
conformado por personas de todos los lugares del mundo.
Otra mención indirecta a la expiación definida sólo a la iglesia viene del
misterio de la descendencia de Abraham. Revisemos detenidamente el siguiente
pasaje de Hebreos: “Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y
sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte
al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los
que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a
servidumbre. Porque ciertamente no socorrió a los ángeles, sino que socorrió a
la descendencia de Abraham. Por lo cual debía ser en todo semejante a sus
hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a
Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo” (Hebreos 2:14-17). Este
pasaje nos habla de Jesucristo, su victoria sobre el pecado y la muerte, y el
propósito más puro de su expiación, descrito esta vez como referido únicamente
a la descendencia de Abraham. Esto puede poner en serios aprietos a muchos
estudiantes de la Escritura: ¿No nos mencionaba el apóstol Pablo que Jesucristo
se entregó por la iglesia? ¿Cómo entonces ahora nos dice el autor de Hebreos
que Jesús socorrió a la descendencia de Abraham? Vamos a la raíz del asunto.
Cuando Dios llama a Abraham le hace la siguiente promesa: “… haré de ti una nación
grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición. Bendeciré
a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas
en ti todas las familias de la tierra” (Génesis 12:2-3). El apóstol Pablo
explica este suceso de la siguiente forma: “Y la Escritura, previendo que Dios
había de justificar por la fe a los gentiles, dio de antemano la buena nueva a
Abraham, diciendo: En ti serán benditas todas las naciones” (Gálatas 3:8). Por
lo que podemos notar, la bendición de Abraham se extendería a todas las
naciones, serán benditas todas las familias de la tierra. Esta promesa de Dios
es ratificada en otro episodio de la vida del patriarca: “En tu simiente serán
benditas todas las naciones de la tierra, por cuanto obedeciste a mi voz”
(Génesis 22:18). Ante esto el apóstol Pablo exhorta: “Ahora bien, a Abraham
fueron hechas las promesas, y a su simiente. No dice: y a las simientes, como
si hablase de muchos, sino como de uno: y a tu simiente, la cual es Cristo”
(Gálatas 3:16). La promesa que hizo Dios a Abraham es una revelación de Cristo
mismo. La descendencia histórica y física de Abraham traería al Mesías, el
Salvador, quien socorrería al pueblo de Dios: “Libro de la genealogía de
Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham” (Mateo 1:17). Por tanto, la
descendencia de Abraham, a la cual Hebreos nos dice que vino Cristo a socorrer,
no es tan sólo el pueblo hebreo, sino también los benditos de todas las
naciones: “…del oriente traeré tu generación, y del occidente te recogeré. Diré
al norte: Da acá; y al sur: no detengas; trae de lejos mis hijos, y mis hijas
de los confines de la tierra, todos los llamados de mi nombre; para gloria mía
los he creado, los formé y los hice” (Isaías 43:5-7).
¿Quiénes
son los descendientes de Abraham? La respuesta la hallamos en la Escritura:
“Sabed,
por tanto, que los que son de fe, éstos son hijos de Abraham” (Gálatas 3:7).
“Y si
vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según
la promesa” (Gálatas 3:29).
Recordemos que Jesús confronta a los judíos diciéndoles: “…Si fueseis hijos de
Abraham, las obras de Abraham haríais” (Juan 8:39). Todo esto es ciertamente
otra referencia a la iglesia, el pueblo que Dios adquirió mediante la expiación
de Cristo y la descendencia de Abraham a la que Él vino a socorrer. La pregunta
clave ahora es, ¿Pueden todas las personas del mundo ser la descendencia de
Abraham, para asumir que Cristo con su sacrificio vino a socorrer a toda la
humanidad? Jesús mismo dice a estos mismos judíos que no: “…Si vuestro padre
fuese Dios, ciertamente me amaríais; porque yo de Dios he salido, y he venido;
pues no he venido de mí mismo, sino que él me envió. ¿Por qué no entendéis mi
lenguaje? Porque no podéis escuchar mi palabra. Vosotros sois de vuestro padre
el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer…” (Juan 8:42-44). Jesús
dice que no podían creer a su palabra porque no eran hijos de Abraham, sino del
diablo. Jesús vino a socorrer sólo a los descendientes de Abraham, aquellos que
Dios había escogido desde antes de la fundación del mundo para que creyesen en
Él, y confiasen como Abraham creyó y fue contado como justo (Génesis 15:6).
“Estas
cosas habló Jesús, y levantando los ojos al cielo, dijo: Padre, la hora ha
llegado; glorifica a tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique a ti; como
le has dado potestad sobre toda carne, para que dé vida eterna a todos los que
le diste”
(Juan
17:1-2).
“Y
esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no
pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero”
(Juan
6:39).
Los
problemas bíblicos para una expiación universal
Aunque los argumentos bíblicos hasta ahora presentados son convincentes en pos
de entender una expiación definida, no son suficientes para muchos cristianos.
Al parecer, el hecho que la Escritura guarde silencio con respecto a una
expiación universal no es motivo para desecharla. Sin embargo, ¿Seguiremos
sosteniendo tal doctrina si la Escritura nos demuestra enfáticamente que Jesús
no murió por todas las personas en el mundo? La doctrina de la expiación
universal presenta variados problemas conforme vamos avanzando en nuestra
comprensión de la Escritura. Revisemos algunos de ellos.
En
el capítulo 10 del evangelio según San Juan Jesús expone de manera alegórica el
mensaje de salvación. Comienza desde el primer versículo con la parábola del
redil y no abandona este lenguaje simbólico hasta el versículo 29. Él afirma
ser el buen pastor (v.11, 14), no el asalariado que abandona a las ovejas
cuando ve al lobo, sino que da su vida por las ovejas. Veamos como Jesús
reitera este punto a lo largo del capítulo:
“Yo
soy el buen pastor; el buen pastor SU VIDA DA POR LAS OVEJAS” (v.11).
“Yo
soy el buen pastor; y conozco mis ovejas, y las mías me conocen, así como el
Padre me conoce, y yo conozco al Padre; Y PONGO MI VIDA POR LAS OVEJAS”
(v.14-15).
Notemos también que esta disposición de la vida a favor de las ovejas que habla
Jesucristo es una mención simbólica a su expiación, pues tiene elementos de su
resurrección: “Por eso me ama el Padre, PORQUE YO PONGO MI VIDA, PARA VOLVERLA
A TOMAR. Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para
ponerla, y tengo poder para VOLVERLA A TOMAR. Este mandamiento recibí de mi
Padre” (v.17-18). Jesucristo, el buen pastor, voluntariamente ofrece su vida
por sus ovejas, las cuales no todas son parte de su pueblo, sino que es
necesario traerlas al redil: “También tengo otras ovejas que no son de este
redil; aquéllas también debo traer, y oirán mi voz; y habrá un rebaño, y un
pastor” (v.16). Esta puede ser una referencia a que la salvación no solamente
tendrá el objetivo de salvar a los judíos, sino también a los gentiles.
Jesucristo no solamente dijo que Él es el buen pastor, sino también que sus
ovejas oyen su voz y le siguen (v.27) y le conocen así como el Padre le conoce
a Él (v.14-15). Estas ovejas son un símbolo de todas las personas que han sido
salvadas, ya que conocen quién es el buen pastor: “Y esta es la vida eterna:
que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has
enviado” (Juan 17:3). Por el mismo testimonio de Cristo, el conocimiento de
Dios es la vida eterna, y por tanto, el ingreso al redil de Jesucristo: “Yo soy
la puerta de las ovejas…Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo; y
entrará, y saldrá, y hallará pastos” (Juan 10:7 y 9). El sólo hecho de expresar
que las ovejas conocen a Jesús ya es asumir que han sido salvadas por Él. Las
ovejas, por tanto, son las receptoras de la vida eterna, están en el redil del
pastor que da su vida por ellas, y tiene poder para volverla a tomar, es decir,
puede resucitar de los muertos:
“Mis
ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, Y YO LES DOY VIDA ETERNA; y
no perecerán jamás…” (v.27-28).
“…yo
he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (v.10).
Durante este episodio, los judíos cuestionaban su enseñanza de Jesús y le
demonizaban: “Muchos de ellos decían: Demonio tiene, y está fuera de sí; ¿por
qué le oís?” (v.20), a tal punto que en el templo de Jerusalén, por el pórtico
de Salomón, le rodearon y le dijeron: “… ¿Hasta cuándo nos turbarás el alma? Si
tú eres el Cristo, dínoslo abiertamente” (v.24). Los judíos no entendían las
palabras de Jesús, esto es claro en el relato: “Esta alegoría les dijo Jesús;
pero ellos no entendieron qué era lo que les decía” (v.6). Ante esta pregunta
Jesús les dice:
“…Os
lo he dicho, y NO CREÉIS; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, ellas
dan testimonio de mí; pero VOSOTROS NO CREÉIS, PORQUE NO SOIS DE MIS OVEJAS,
como os he dicho”
(v.25-26).
Jesús dice que la razón por la que no creían los fariseos era porque no
pertenecían a su redil, no eran parte de sus ovejas. Notemos la secuencia:
“vosotros no creéis, porque no sois mis ovejas”, en lugar de “vosotros no sois
mis ovejas, porque no creéis” como muchos en nuestra enseñanza pueden asumir.
La razón por la que no podían responder al evangelio de Cristo era porque no
eran sus ovejas. Tan sólo recopilemos punto por punto todo lo revisado:
-
Jesús es el buen pastor, no abandona a sus ovejas.
- El
buen pastor da su vida por SUS ovejas.
- Las
ovejas son las receptoras de la vida eterna.
- Las
ovejas del redil del Señor responden a su llamado.
- Se
conocen mutuamente.
-
Creen y le obedecen porque conocen su voz.
- Los
que no creen ni responden a su llamado no son sus ovejas.
Por consiguiente, si Cristo dijo que Él, como buen pastor, da su vida por sus
ovejas, por nadie más ni nadie menos, y aquellos que no responden al evangelio
no son sus ovejas, entonces es inconsistente con la Escritura afirmar que
Cristo murió por toda la humanidad si Él mismo confeso dar la vida por sus
ovejas y que hay personas que no son sus ovejas. Esto es una clara muestra de
la expiación referida únicamente a la iglesia.
Tenemos también otros problemas con la expiación universal. Jesucristo al
interceder y orar al Padre en Juan 17, dijo de esta manera: “He manifestado tu
nombre a los hombres que DEL MUNDO me diste; tuyos eran, y me los diste, y han
guardado tu palabra. Ahora han conocido que todas las cosas que me has dado,
proceden de ti; porque las palabras que me diste, les he dado; y ellos las
recibieron, y han conocido verdaderamente que salí de ti, y han creído que tú
me enviaste” (Juan 17:6-8). Jesús, con obviedad, no se está refiriendo a todas
las personas que le habían oído, sino a todos los que recibieron su palabra, le
conocieron y creyeron en Él. Es también interesante señalar que el Padre dio a
Jesús hombres del mundo, y no a “todos los hombres de todo el mundo”. Jesús
dice en el mismo evangelio: “Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que
a mí viene, no le echo fuera” (Juan 6:37). El propósito de Jesús es salvar a
todos los que el Padre le ha dado: “Y esta es la voluntad del Padre, el que me
envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en
el día postrero” (Juan 6:39). Jesús prosigue con su oración diciendo:
“Yo
ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me diste; porque tuyos
son” (Juan 17:9).
Jesús
ora por los escogidos de Dios, aquellos que el Padre le ha dado a Jesús para
que los resucite en el día postrero. No ora por todos los hombres, sino por los
que recibió del Padre para redimirlos por medio de su sacrificio. Mathew Henry
dice en su prestigioso comentario sobre este pasaje:
“Cristo
ofreció esta oración por su pueblo solo en cuanto a creyentes; no por el mundo
en general. Aunque nadie que desee ir al Padre y sea consciente de que es
indigno de ir en su propio nombre, tiene que desanimarse por la declaración del
Salvador, porque es capaz y está dispuesto para salvar hasta lo sumo a todos
los que vayan a Dios por Él. Las convicciones y los deseos fervorosos son señal
esperanzadora de una obra ya efectuada en el hombre; empiezan a demostrar que
ha sido elegido para salvación a través de la santificación del Espíritu y la
creencia de la verdad”
Es interesante también mencionar que Dios revela a quién quiere el evangelio,
no a todas las personas en el mundo entero. Tan sólo veamos las palabras del
Señor:
“…Te
alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de
los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños. Sí, Padre, porque
así te agradó. Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie
conoce al Hijo, sino el Padre, ni el Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel
a quien el Hijo lo quiera revelar” (Mateo 11:25-27).
“Y él
dijo: A vosotros os es dado conocer los misterios del reino de Dios; pero a los
otros por parábolas, para que viendo no vean, y oyendo no entiendan” (Lucas
8:10).
“…Porque
a vosotros os es dado saber los misterios del reino de los cielos; más a ellos
no les es dado” (Mateo 13:11).
“…más
a los que están fuera, por parábolas todas las cosas; para que viendo, vean y
no perciban; y oyendo, oigan y no entiendan; para que no se conviertan, y les
sean perdonados los pecados” (Marcos 4:11-12).
Por tanto, tenemos evidencias bíblicas tanto para confirmar la expiación
definida, como para refutar la expiación universal.
El
dilema de la incredulidad en la expiación
Luego de revisar minuciosamente gran parte de lo que las Escrituras nos
mencionan acerca de la expiación de Cristo, llegamos a la conclusión que es
inconsistente con la Palabra de Dios la idea que Jesucristo haya muerto por
todos y cada uno de los hombres del mundo entero. Sin embargo, muchos
cristianos no quedan del todo convencidos de estas explicaciones, sino que
abordan el tema desde un punto de vista intransigente. La explicación a la
suficiencia y eficacia de la expiación es que el sacrificio de Cristo fue por
todos los hombres, pero no todos son salvos puesto que no creen. Sin embargo,
existe un dilema profundo en este tema que se desprende de la pregunta, ¿Qué
pecados fueron contados sobre Cristo Jesús? Veamos lo que la Escritura nos
dice:
“quien
se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de TODA INIQUIDAD y purificar
para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras” (Tito 2:14)
“Si
confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados,
y limpiarnos de TODA MALDAD” (1 Juan 1:9).
“Él es
quien perdona TODAS TUS INIQUIDADES…” (Salmo 103:3).
“…la
sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de TODO PECADO” (1 Juan 1:7).
Por tanto, la respuesta a la pregunta central es que Cristo pagó por todos los
pecados, no sólo por algunos, y por consiguiente, la expiación es suficiente y
eficaz, cumple su propósito y salva indefectiblemente a quienes fue referida.
Ahora si nos vamos al escenario de que Jesucristo pagó el pecado de todos y
cada uno de los hombres, ¿Qué impide que el hombre sea salvo? Nuestra respuesta
es “la incredulidad”. Sin embargo, ¿Habrá Jesús pagado la incredulidad? Si
bíblicamente la incredulidad es un pecado, ¿Por qué insistimos en la idea que
el hombre no es salvo por su incredulidad? ¿Acaso Cristo no pagó todos los
pecados, inclusive el no creer en Dios? Tenemos un grave problema al defender
una expiación universal, pues al asegurar que Cristo pagó todos los pecados de
todos los hombres en la cruz no tomamos en serio el poder real de la expiación.
Si Cristo pagó el precio del pecado y a la vez de la salvación para todos los
hombres, entonces todos debiesen ser salvos. Ante esta posibilidad, el
obstáculo que proponemos es que aunque el sacrificio de Cristo es suficiente
para que el hombre sea salvo, los que no crean morirán en el infierno. De este
último escenario se desprenden dos problemas. El primero es que la expiación de
Cristo no asegura la salvación por sí misma si el hombre no cree en Él, y el
segundo es que, si no cree, Cristo no pagó la incredulidad del hombre en su
sacrificio. La expiación universal es completamente contradictoria con el punto
central de la expiación de Cristo: pagar todos los pecados en su muerte.
Antes de limitar el poder perfecto de la expiación, el perdón y la limpieza de
todo pecado, dejando todo en la pecaminosa decisión del hombre, la Escritura
limita sólo el propósito de la expiación: salvar a los escogidos de Dios, la
iglesia de Cristo. Según lo que expone la Palabra de Dios, la expiación es
absolutamente eficaz en su propósito de salvar a los escogidos de Dios, ninguno
más ni uno menos. Al hablar como escogido de Dios, el apóstol Pablo dijo que
Cristo se entregó por todos los escogidos (Romanos 8:28-37). Es cierto que al
sostener una expiación definida sólo a la iglesia podemos limitar su alcance,
puesto que es sólo para los escogidos de Dios, pero no así su poder, es decir,
no negamos que sea eficaz, que pueda salvar a pesar del pecador y su
incredulidad. Esta doctrina no es un capricho para la teología reformada, sino
una necesidad de ser fieles a la Escritura. La expiación universal se desvanece
por completo al evaluar sus puntos a la luz de la Palabra.
Por lo tanto, cuando veamos pasajes como Juan 3:16, 1 Juan 2:2, 1 Timoteo
2:3-4, 2 Pedro 3:9, Juan 3:17, entre otros, la regla es no generalizarlos, sino
que con un examen cuidadoso y objetivo, evaluarlos a la luz de toda la
Escritura, y revisar qué es lo que el Espíritu Santo ha revelado sobre la
expiación de nuestro Salvador Jesús.
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