Doctrina de la Gracia II: Elección Incondicional de Dios
SEGUNDO DESAFÍO:
“La
elección de Dios no es incondicional. En el principio, Dios previó quienes iban
a escogerle en el futuro, y por ello, reveló su gracia escogiéndoles. Es la
única explicación coherente para la predestinación.”
La predestinación, o elección de Dios sobre quién será salvo, es una doctrina
muy controversial dentro de las congregaciones cristianas. En la actualidad
muchos jamás han escuchado sobre estos conceptos, y al ver tan comprometida la
libre elección del hombre en el asunto de la salvación muchos por considerarla
una herejía. Otros, conociendo su significado, la desechan por completo, aún
estando al tanto de su base bíblica. No obstante, la controversia principal no
nace de las interpretaciones, sino más bien de los mismos textos bíblicos.
Revisemos algunos de los pasajes que contienen esta doctrina:
“según
nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y
sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados
hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad”
(Efesios 1:4-5).
“¿Quién
acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica” (Romanos 8:33).
“Pablo,
siervo de Dios y apóstol de Jesucristo, conforme a la fe de los escogidos de
Dios y el conocimiento de la verdad que es según la piedad” (Tito 1:1).
“¿Y
acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche?...”
(Lucas 18:7).
“…y
creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna” (Hechos 13:48).
“Bienaventurado
el que tú escogieres y atrajeres a ti…” (Salmo 65:4).
“…y
juntará a sus escogidos de los cuatro vientos, desde el extremo de la tierra
hasta el extremo del cielo” (Marcos 13:27).
“Porque
muchos son llamados, y pocos escogidos” (Mateo 22:14).
“Vestíos,
pues, como escogidos de Dios, santos y amados…” (Colosenses 3:12).
“…mas
por causa de los escogidos, aquellos días serán acortados” (Mateo 24:22).
“Por
tanto, todo lo soporto por amor de los escogidos, para que aquellos obtengan
salvación…” (2 Timoteo 2:10).
“Así
también aun en este tiempo ha quedado un remanente escogido por gracia”
(Romanos 11:5).
“Más
vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa…” (1 Pedro 2:9).
La doctrina de la predestinación es más que clara. Los conceptos de “escogidos”
o “predestinados para salvación” se repiten constantemente en la Escritura. No
existe sombra de duda en las palabras de Jesús ni de los apóstoles al hablar de
una elección de Dios para la salvación. La Escritura nos revela que Dios
incluso antes de crear el cosmos ya había escogido a una multitud de hombres y
mujeres para ser rescatados del pecado y llevados a la eternidad. Dios como un
ser omnisciente sabía desde el principio los eventos futuros tales como la
creación, la caída del hombre y su completa depravación, y aún así, escogió a
un puñado de pecadores para ser redimidos. Cabe mencionar también que la
palabra “iglesia”, proveniente del griego “Ekklesia” significa “el llamado a
algunos”.
Esto causa completa desilusión en la cristiandad. No podemos concebir que Dios
tenga un amor especial por algunos, tener piedad sólo de unos pocos, mientras
todos los demás deban ir al infierno. – Esto es injusto -. Replican muchos. Sin
embargo, nuestros estándares de justicia nunca deben superponerse a las
Escrituras. Si interpretamos la Palabra de Dios conforme a nuestra percepción
de la justicia es muy probable que jamás lleguemos al significado correcto de
la Escritura. Aún así, la justicia de Dios es evidente en toda la Palabra,
asegurando que la justa retribución por nuestra condición de pecado es la
muerte (Romanos 6:23). Sin perjuicio de lo anterior, la consulta es, ¿Por qué
Dios escogería a quién salvar y a quién no? ¿Por qué Dios no salva a todos los
pecadores o sencillamente a ninguno? Nos resulta más justo tolerar que Dios nos
entregue la última palabra en la salvación de nuestras almas, ignorando en lo
absoluto que somos completamente incapaces de escogerle a Él, antes de siquiera
imaginar que Dios ordenó a sólo algunos para la vida eterna. Sin embargo, a
pesar de todo lo anterior, nuestras convicciones de si esto es justo o no jamás
deben condicionar nuestro entendimiento de la Palabra de Dios. De otro modo,
nuestro concepto de la Escritura no será bíblico, sino más bien cultural, y
recordemos que la Escritura no es de interpretación privada (2 Pedro 1:20).
No importa cuánto tapemos nuestros oídos a la idea de la predestinación en la
Biblia, siempre estará presente desafiando nuestras inalterables
interpretaciones que defienden la elección del hombre por Dios. Es tan clara
que Jesús y los apóstoles la daban por hecho, no demoraban en explicarla. Esta
fuera de toda discusión el que Dios haya escogido desde antes de la fundación
del mundo a los salvados. Sin embargo, muchos, al ver cada una de las
evidencias bíblicas que apuntan a la elección o predestinación de Dios, hacen
verdaderas acrobacias teológicas para interpretar de manera “coherente” estos
textos. Antes de ser apegados a las Escrituras, son fieles a sus propias
percepciones y razonamientos culturales, sociales y filosóficos, a fin que
ninguno de los pasajes que nos hablen de una elección de parte de Dios atente
contra el sistema teológico que hemos diseñado con el tiempo.
Las enseñanzas actuales consideran que si existe algo así como la
predestinación, esta es condicionada a la fe de los previamente escogidos.
Dios, antes de la creación, sabía quiénes iban a aceptarle en el futuro, y por
ello, respondió escogiéndoles de igual manera. Esto presupone que el hombre
tiene la capacidad de escoger a Dios, lo que, por lo revisado en el primer
desafío, no es bíblico. Sin embargo, según esta doctrina, Dios condiciona su
elección a la respuesta de los pecadores. El pasaje que al parecer justifica
esta posición es: “Porque a los que antes conoció, también los predestinó…”
(Romanos 8:29). Según esta doctrina, el que Dios haya conocido cada nombre de
los salvados es prever su respuesta, es decir, la palabra “conoció” es
equivalente a “previó”. Sin embargo, ¿Es esta una conclusión del todo bíblica?
Revisémoslo a la luz de la Palabra Santa.
¿Quién
fue el que amó primero?
En la doctrina de la elección condicional, es decir, la previsión de Dios de
los que iban a creer en Él, Dios nuevamente es un ser expectante en la
salvación. Dios ha previsto quiénes le escogerían en el tiempo y quiénes no, y
bajo esta condición Él respondería predestinándoles desde antes de la creación.
Sin embargo, este enfoque tiene variados errores con respecto a la Escritura.
Tan sólo veamos quién es el que realmente tuvo la primera elección:
“No me
elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he puesto para
que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca…” (Juan 15:16).
“En
esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él
nos amó a nosotros…” (1 Juan 4:10).
“Nosotros
le amamos a él, porque él nos amó primero” (1 Juan 4:19).
Esta
fuera de discusión, no existe ninguna duda. La Escritura nos dice enfáticamente
que Dios escogió a los salvados primero, no fuimos nosotros quienes escogimos a
Dios. Aún presentando el énfasis en Juan 15:16, muchos pueden negar la elección
soberana de Dios en las menciones de 1 Juan 4, apelando que el amor de Dios no
es lo mismo que su elección. Sin embargo, en la Palabra de Dios, los “amados”
suelen ser un equivalente de los “escogidos”. Notemos un ejemplo en las
palabras del apóstol Pablo:
“Pero
nosotros debemos dar siempre gracias a Dios respecto a vosotros, hermanos
AMADOS por el Señor, de que Dios os haya ESCOGIDO desde el principio para
salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad”
(2
Tesalonicenses 2:13).
Podemos ver en este pasaje, que el hecho de ser amado por el Señor involucra de
inmediato que Dios le “haya escogido desde el principio para salvación”. En el
capítulo 8 de Romanos, desde los versículos 28 en adelante, nos encontramos con
una bella exposición del apóstol Pablo sobre la elección soberana de Dios.
Hablando de los “escogidos”, y siendo participe de ellos, el apóstol Pablo
concluye: “Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio del
que nos amó” (Romanos 8:37). Así pues los amados de Dios son sus escogidos. A
su vez la Escritura dice que Dios conoce a sus amados: “…Conoce el Señor a los
que son suyos…” (2 Timoteo 2:19), y estos también le conocen: “Yo soy el buen
pastor; y conozco mis ovejas, y las mías me conocen” (Juan 10:14).
El hombre desde su condición muerta en delitos y pecados no puede responder
salvadoramente al evangelio. La pobre idea que Dios condicionó su elección a la
respuesta de los futuros creyentes no sólo es descartada por su inconsecuencia
con la verdad que Él nos amó primero, sino también por su negación a la muerte
espiritual que el pecado ha creado en el hombre, asumiendo que tenemos la
capacidad común de responder eficazmente al evangelio.
La
elección incondicional
“…muchos
de sus discípulos dijeron: Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír?”
(Juan
6:60)
Las interpretaciones alternativas a los pasajes de la predestinación proponen
que Dios condicionó su elección soberana a la reacción o respuesta del pecador.
Dios preveía quiénes serían los “electores por Dios”, y los premiaba
predestinándoles desde antes de la fundación del mundo. Sin embargo, este
planteamiento es sumamente contradictorio con la Escritura. Tan sólo revisemos
cuan alejado de la Palabra Santa está y cuán acertada es la Escritura al
hablarnos sobre este tema:
“Porque
la palabra de la promesa es esta: Por este tiempo vendré, y Sara tendrá un
hijo. Y no sólo esto, sino también cuando Rebeca concibió de uno, de Isaac
nuestro padre (pues no habían nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal, para
que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras
sino por el que llama), se le dijo: El mayor servirá al menor. Como está
escrito: A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí”
(Romanos
9:9-13)
Al comentar sobre la elección de Dios por Israel, el apóstol Pablo no tiene
duda en decir que el propósito de Dios era escoger a Jacob, y no a Esaú, sin
siquiera haber hecho nada, ni bien ni mal. El apóstol nos menciona que la
elección de Dios no está condicionada a la fe o las obras de los hijos de
Isaac, sino que antes que nacieran Él predispuso que uno continuaría la
descendencia y el otro no sería recipiente de la bendición, y esto no por sus
obras, sino sólo por su gracia. Asimismo fue escogido el pueblo de Israel de
todos los pueblos, no por algo que ellos hayan hecho, sino por el decreto
soberano y supremo de Dios: “No por ser vosotros más que todos los pueblos os
ha querido Jehová y os ha escogido, pues vosotros erais el más insignificante
de todos los pueblos; sino por cuanto Jehová os amó…” (Deuteronomio 7:7-8).
Según las palabras del apóstol., Dios ha observado en el tiempo que su
propósito se cumpla, no por las obras de los llamados, sino por Él, quien es el
que llama. Nuevamente la gloria por toda la salvación y su soberana elección es
de Dios, no del hombre.
Para muchos el hecho que Dios haya escogido a los salvados antes de la
fundación del mundo es una especie de delito contra la humanidad. Dios no puede
ser tan injusto para escoger a unos y aborrecer a otros. Sin embargo, en este
mismo pasaje el apóstol exhorta:
“¿Qué,
pues, diremos? ¿Qué hay injusticia en Dios? En ninguna manera. Pues a Moisés
dice: Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del
que yo me compadezca”
(Romanos
9:14-15).
Dios es justo, en cada destello de su gloria. Si tan sólo hubiese aún un mínimo
de injusticia en Él, ya dejaría de ser justo, y por tanto dejaría de ser Dios.
El apóstol no titubea al decir que en ninguna manera hallaremos injusticia en
Dios, antes seamos todos injustos y Él única y perfectamente justo: “…antes
bien sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso…” (Romanos 3:4). Otro punto
importante es que Dios evidencia un amor especial por algunos, de otra forma la
Escritura no nos revelaría que su misericordia yace en su decisión soberana:
“De manera que de quien quiere, tiene misericordia, y al que quiere endurecer,
endurece” (Romanos 9:18).
Esto con seguridad puede resultar muy confuso para el que escucha estas
palabras por primera vez, algo que no paso por alto Martín Lutero:
“Que
Dios de su voluntad haya endurecido y condenado a algunos y les haya permitido
continuar en sus caminos perversos es algo que ofende profundamente nuestra
naturaleza racional; pero son abundantes las pruebas de que tal es
verdaderamente el caso; es decir, la única razón por la que algunos son
salvados y otros perecen procede de la determinación divina de salvar a unos y
dejar a otros perecer, conforme a las palabras de San Pablo: “De quien quiere, tiene
misericordia, y al que quiere endurecer, endurece”
(Predestinación,
Loraine Boettner, Pág. 63)
Para muchos estos pasajes presentan tantas contradicciones con los estándares
culturales y privados de la justicia que deben ser interpretados de una forma
alternativa a lo que expone el texto. La idea de la elección condicionada a la
fe o respuesta de los pecadores se desvanece cada vez que avanzamos en las
Escrituras. Tan sólo veamos que no es el hombre quien elige a Dios, aún en la
idea que desea la salvación, sino más bien es Dios el principal protagonista en
la salvación, y es Él quién dirime sobre este tema:
“Así
que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene
misericordia”
(Romanos
9:16).
La pregunta ahora es: si Dios muestra su misericordia con los que ha
predestinado para su gloria, y endurece a quién Él desea, ¿Por qué entonces
inculpa de pecado? Esta es una cuestión que el apóstol Pablo no pasó por alto:
“Pero
me dirás: ¿Por qué, pues, inculpa? Porque ¿quién ha resistido a su voluntad?
Más antes, oh hombre, ¿quién eres tú para que alterques con Dios?...”
(Romanos
9:19-20).
Todos en un momento llegamos a la misma consulta: ¿Por qué Dios no salva a toda
la humanidad? ¿O a nadie? Sin embargo, nadie se hace la verdadera consulta:
¿Por qué Dios debería salvar a una persona? Dios no le debe a nadie la
salvación, nadie es acreedor de su gracia. ¿O no dice la Escritura: “Pero al
que obra, no se le cuente el salario como gracia, sino como deuda” (Romanos 4:4)?
Loraine
Boettner, en su obra “La predestinación”, explica este punto de la siguiente
forma:
“Puede
que alguno pregunte, ¿Por qué salva Dios a unos, y a otros no? Esto es algo que
pertenece a los consejos secretos de Dios. Precisamente el por qué un hombre
recibe y otro no, cuando ninguno merece recibir, no se nos ha revelado. Que a
Dios le haya placido otorgarnos su gracia electiva seguirá siendo una adorable
maravilla. Ciertamente nada había en nosotros, ni de cualidad ni de obra que
pudiera haber atraído la atención de Dios o haberle movido a obrar a favor
nuestro o a tener predilección por nosotros (…) La maravilla de maravillas no
es que Dios, en su infinito amor y justicia, no haya salvado a toda la raza
caída, sino que haya elegido a alguno. Cuando consideramos, por un lado, cuan
nefasto es el pecado y cuan merecido su castigo, y por otro, la realidad de la
santidad divina y el odio absoluto que Dios siente hacia el pecado, la
maravilla es que Dios haya podido obtener el consentimiento de su naturaleza
santa para salvar a un solo pecador”
(Predestinación,
Loraine Boettner, Pág. 57-58)
Antes
de admirar cuán grande ha sido la bondad de Dios de salvar aunque sea a un
pecador, somos altivos en exigir que Dios nos salve. Dios no tiene absoluta
obligación de salvar a nadie, y si ha previsto en salvar a algunos, esto no es
motivo para que le reprochemos, porque, ¿No es el trabajo de Dios hacer lo que
a Él le place?:
“…porque
yo soy Dios, y no hay otro Dios, y nada hay semejante a mí, que anuncio lo por
venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho; que
digo: Mi consejo permanecerá, Y HARÉ TODO LO QUE QUIERO”
(Isaías
46:9-10).
Este
es el gran problema y consecuencia que ha dejado el humanismo en nuestra
doctrina. Interpretamos la Escritura de tal forma que el hombre y su bienestar
eterno sea el fin de todas las cosas, antes que la gloria y el designio de Dios
Todopoderoso. Recordemos que el mismo Señor, al alabar al Padre por esconder de
los sabios y de los entendidos el significado de sus enseñanzas y revelárselo a
los pequeñitos, exclamó: “Sí, Padre, porque así te agradó” (Mateo 11:26). El
apóstol Pablo concluye que no somos nada para cuestionar los decretos, la
elección y providencia de Dios, antes sea toda la gloria a Él:
“…
¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así? ¿O no tiene
potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para
honra y otro para deshonra? ¿Y qué, si Dios, queriendo mostrar su ira y hacer
notorio su poder, soportó con mucha paciencia los vasos de ira preparados para
destrucción, y para hacer notorias las riquezas de su gloria, las mostró para
con los vasos de misericordia que él preparó de antemano para gloría…?”
(Romanos
9:20-23).
La
predestinación, ¿Un llamado al conformismo?
Muchas congregaciones cristianas se han mostrado aguerridas a lo largo de toda
su historia en contra de la idea de una predestinación de Dios. Por mi parte,
durante muchos años me mantuve completamente escéptico sobre la elección de
Dios en la Escritura, embriagado por una especie de culto al libre albedrío.
Aunque los argumentos que apoyan la elección condicional sean una clara defensa
al libre albedrío en la salvación, no son estos los únicos que se exponen al
momento de discutir sobre este tema. La idea de una predestinación crea en la
mente del creyente una especie de tendencia hacia el conformismo, y por ende,
hacia el pecado. El argumento es el siguiente: Si Dios ya te ha elegido para
salvación desde antes de la fundación del mundo, ¿Por qué luchar contra el
pecado, crecer en la fe y arrepentirse, si de todas formas ya estás ordenado a
la vida eterna? Este enfoque nos dice que la idea de una predestinación puede
llevar al creyente al sentimiento de licencia para el pecado, confiando en que
ha sido elegido, y este llamado, por lo declarado en las Escrituras, es
irrevocable por parte de Dios (Romanos 11:29).
Este argumento se ha prestado para dos posiciones en la cristiandad. La
primera, para criticar la posición de la predestinación asegurando que crea un
conformismo en el creyente o “elegido”, y la segunda, para abusar de la
doctrina de la elección de Dios a fin de pecar deliberadamente confiando en que
Él supuestamente ya los ha elegido. Ambas posiciones son ampliamente
cuestionables y contradictorias con la Palabra de Dios, ambas ignoran o niegan
una característica fundamental del escogido: ser una nueva criatura.
Aunque este punto lo revisaremos más detenidamente en el cuarto desafío,
revisemos un momento una de las características de los escogidos. No importa
cuanto usted asegure ser predestinado para salvación, la confesión de ser un
cristiano no tiene valor alguno para Dios: “No todo el que me dice: Señor,
Señor, entrará en el reino de los cielos…” (Mateo 7:21). Jesucristo nos dice
que la mera confesión de la salvación no es una evidencia válida de realmente
ser salvado. Si Dios ha hecho la obra de salvación y redención de los pecados
en el hombre, no dejará sin evidencias al redimido para reconocer si esto
realmente ocurrió. Así como tenemos las huellas digitales de nuestro creador
impregnadas desde el principio, así Dios dejará evidencias de su obra
redentora. El nuevo nacimiento, la salvación, la justificación, el perdón, la
adopción y la fe en Cristo Jesús es un evento tan milagroso que dejará notables
evidencias en el corazón regenerado. Revisemos uno de los pasajes en que el
Señor nos enseña acerca de la elección:
“No me
elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que
vayáis Y LLEVÉIS FRUTO, Y VUESTRO FRUTO PERMANEZCA…”
(Juan
15:16).
Si alguien dice ser salvo, y no ha sido cambiado tan radicalmente que el pecado
que antes tanto amaba ahora aborrece, y que milagrosamente, aún habiendo nacido
pervertido delante de Dios, comienza a hacer su voluntad, entonces jamás ha
sido rescatado del pecado. Jesús nos dice que: “No puede el buen árbol dar
malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos” (Mateo 7:18). Para que un
árbol malo dé frutos buenos es necesario que el árbol sea cambiado. Mientras no
existan evidencias de la obra absoluta de Dios en el hombre, representada en el
nuevo nacimiento y aborrecimiento del pecado, no podemos concluir que ha sido
salvado, y por consiguiente, que fue escogido por Dios desde antes de la
fundación del mundo: “Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de
hecho y en verdad” (1 Juan 3:18).
En el pasaje donde Jesús nos señala sobre su elección por los salvados, nos
exhorta que la evidencia de si alguien es escogido de Dios o no, es el fruto
del Espíritu Santo que lleva, y PERMANECE en su vida, revelado en un amor hacia
Dios, una negación hacia sí mismo y un odio permanente hacia el pecado,
evidencias de la obra milagrosa de Dios. El apóstol Pablo defendía este punto diciendo
que los salvados son hechura de Dios:
“…creados
en Cristo Jesús PARA BUENAS OBRAS, las cuales Dios PREPARÓ DE ANTEMANO PARA QUE
ANDUVIÉSEMOS EN ELLAS”
(Efesios
2:10).
Como protestantes afirmamos que las buenas obras no son requisitos para ser
salvos sino más bien la garantía que Dios ha dado a sus escogidos para que
estén seguros de su salvación. Si andan en las buenas obras que Dios ha
preparado de antemano (prueba de la predestinación) entonces pueden llegar a la
conclusión que Dios ha tenido tanta gracia que les ha rescatado del pecado, les
ha dado un corazón nuevo para que crean en Él y les ha hecho tener fe y
arrepentirse de sus pecados, a fin que cada una de estas cosas sean una
alabanza hacia Dios y su designio eterno y soberano.
Por lo tanto, y basado en las evidencias bíblicas, podemos concluir que Dios ha
elegido a los salvados con un propósito: que lleven fruto y este no desaparezca
ni sea momentáneo, sino más bien, permanezca hasta el fin. Cualquiera que
asegure que fue elegido por Dios, sin demostrar en su vida que ha ocurrido un
cambio radical en cada aspecto de su ser, vive engañado en una expectativa
antibíblica. Sin santidad nadie verá al Señor, y negar esto, asumiendo que ya
estamos elegidos, es una herejía y abominación tremenda.
“elegidos
según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer
y ser rociados con la sangre de Jesucristo: Gracia y paz os sean multiplicadas”
(1
Pedro 1:2).
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