Doctrina de la Gracia I: Depravación Absoluta del Hombre
PRIMER DESAFÍO:
“El
pecador, en su libre albedrío, puede elegir a Dios antes que su pecado, tener
fe en Cristo, y por tanto, por su decisión, ser salvo”
La principal controversia de este punto es, ¿Existe la capacidad humana para
llegar al bien y poder elegir por la salvación antes que el pecado? Según lo
que sostenemos actualmente, Dios ha dado al hombre un libre albedrío para que
escoja entre el bien y el mal, y por tanto, entre la salvación y la perdición.
En otras palabras, el hombre tiene la capacidad de escoger a Dios por sobre el
pecado. El hombre y Dios, por consiguiente, cooperan juntos en la salvación:
Dios hace su parte y el hombre la suya. Sin embargo, ¿Qué tan real es esto?
¿Podemos por el libre albedrío llegar a escoger la salvación? ¿Tenemos la
capacidad de escoger el bien? Y si fuere así, ¿No sería esto una obra para ser
salvado? Revisemos la raíz de la controversia a la luz de la Palabra.
El testimonio de la Escritura acerca de la naturaleza o condición del hombre no
es muy alentador para la posición del libre albedrío, es más, invalida
completamente el poder de nuestra voluntad para llegar a la salvación de Dios.
Las Escrituras enseñan que los pecadores están completamente imposibilitados de
elegir el bien, pues su condición sin la regeneración del Espíritu Santo (nuevo
nacimiento) tiene las siguientes características:
“…muertos
en delitos y pecados” (Efesios 2:1)
“…andan
en la vanidad de su mente, teniendo el entendimiento entenebrecido, ajenos de
la vida de Dios por la ignorancia que en ellos hay, por la dureza de su
corazón” (Efesios 4:17-18),
“…siguiendo
la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el
espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia… en los deseos de
nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos…”
(Efesios 2:2-3)
“los
cuales, después que perdieron toda sensibilidad, se entregaron a la lascivia
para cometer con avidez toda clase de impureza” (Efesios 4:19).
“Porque
los que son de la carne piensan en las cosas de la carne… el ocuparse de la
carne es muerte… por cuanto los designios de la carne son enemistad contra
Dios…y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios” (Romanos 8:5-8).
“…aborrecedores
de Dios…” (Romanos 1:30).
“Y vio
Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio
de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal”
(Génesis 6:5).
“…porque
el intento del corazón del hombre es malo desde su juventud…” (Génesis 8:21).
“…todo
aquel que hace pecado, esclavo es del pecado” (Juan 8:34).
“…insensatos,
rebeldes, extraviados, esclavos de concupiscencias y deleites diversos,
viviendo en malicia y envidia, aborrecibles, y aborreciéndonos unos a otros”
(Tito 3:3).
“…cada
cual se apartó por su camino…” (Isaías 53:6).
“… y
los hombres amaron más las tinieblas que la luz…” (Juan 3:19).
“Pero
el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque
para él son locura, y no las puede entender…” (1 Corintios 2:14)
“…el
alma que pecare, esa morirá” (Ezequiel 18:4).
Por lo descrito en la Palabra de Dios, el hombre está muerto, no tiene absoluto
índice de vida en su corazón. La mención a estar muertos en delitos y pecados
que hace el apóstol Pablo es reafirmada en otra de sus epístolas: “Por tanto,
como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así
la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Romanos 5:12).
Esta muerte espiritual es el castigo por el pecado, es la justa retribución por
la caída: “más del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el
día que de él comieres, ciertamente morirás” (Génesis 2:17). La muerte física
tan sólo es una respuesta externa a lo que ha ocurrido en el interior, es una
evidencia de la muerte espiritual, y el justo pago por la rebeldía: “Porque la
paga del pecado es muerte…” (Romanos 6:23). El pecado ha afectado todas
nuestras capacidades que Dios dio en el principio. Es evidente que Dios entregó
a Adán la voluntad de escoger entre Dios y el mal. Puesto que este escogió la
maldad, y en base a cada uno de los pasajes en los que se nos enseña que el
hombre está muerto espiritualmente, la Escritura nos dice que el hombre perdió,
en la caída del Edén, la facultad de escoger entre Dios y el diablo, siendo
Dios una alternativa que ya no aparece entre las opciones del libre albedrío:
“No hay quien entienda, No hay quien busque a Dios” (Romanos 3:11). Como revela
la Escritura, el hombre ama su pecado y aborrece a Dios, una condición
igualitaria y heredable para toda la humanidad: “He aquí, en maldad he sido
formado, Y en pecado me concibió mi madre” (Salmo 51:5) y “Se apartaron los
impíos desde la matriz; Se descarriaron hablando mentira desde que nacieron”
(Salmo 58:3). Es tal el énfasis que la Escritura hace con respecto a la muerte
espiritual que Dios retrata a la humanidad como un valle de huesos secos “…y
por cierto secos en gran manera” (Ezequiel 37:2).
La muerte no es la única imagen que la Escritura nos da del pecador. La
imposibilidad de salvarse o contribuir en algo a su salvación es también una
doctrina bíblica. No existe nada que el hombre pueda hacer para acceder a la
salvación, antes la Escritura considera hasta las obras más sublimes como
sucios ropajes: “Si bien todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras
justicias como trapo de inmundicia…” (Isaías 64:6). Asimismo lo declaró el
Señor: “Vosotros sois los que os justificáis a vosotros mismos delante de los
hombres; mas Dios conoce vuestros corazones; porque lo que los hombres tienen
por sublime, delante de Dios es abominación” (Lucas 16:15). La única conclusión
que podemos sacar ante todos los pasajes que nos revelan como es la naturaleza
del pecador es que el hombre no puede hacer nada en pos de la salvación,
estando en delitos y pecados, aborrecedor de Dios, enemigo de Dios, con el
entendimiento entenebrecido, con mente carnal, perdiendo toda sensibilidad al
pecado, rebelde, extraviado, esclavo de su pecado, en fin, absolutamente
depravado delante de Dios y completamente inhabilitado para realizar alguna
obra que agrade a un Dios Santo, algo que ningún ejercicio de la depravada
voluntad podrá revertir.
“¿Mudará
el etíope su piel, y el leopardo sus manchas? Así también, ¿podréis vosotros
hacer bien, estando habituados a hacer mal?”
(Jeremías
13:23).
Nuestra
voluntad obedece a nuestra naturaleza pecadora
Si el ejercicio de la voluntad antecede a la acción, y toda obra del hombre es
pecaminosa, la libre voluntad siempre tendrá la misma tendencia hacia el
pecado. Es más, si la Escritura nos dice que estamos muertos en delitos y
pecados, ¿Cómo puede el libre albedrío sobrepasar nuestra condición y elegir a
Dios, quien es completamente contrario a nuestra pecaminosidad? De la
naturaleza pecaminosa del hombre habló el Señor Jesucristo al decir: “Nada hay
fuera del hombre que entre en él, que le pueda contaminar; pero lo que sale de
él, eso es lo que contamina al hombre” (Marcos 7:15). Estas palabras son un
golpe duro para todo aquel que piense que el hombre puede elegir
voluntariamente la salvación negando que en su interior se encuentra la fuente
de todo su pecado: “Porque de dentro del corazón de los hombres, salen los
malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los
hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la
maledicencia, la soberbia, la insensatez. Todas estas maldades de dentro salen,
y contaminan al hombre” (Marcos 7:21-23). Según lo expuesto por el Señor es
indiscutible que el hombre es, por esencia, pecador, pues todos los males que
en él hay vienen de sí mismo. El hombre no sólo hace pecado, sino que es
pecado. Si el corazón es identificado en la Escritura como el centro de las
intenciones y la voluntad, ¿Cómo es posible que se obtenga una tendencia hacia
el bien desde un corazón descrito, por el mismo Jesús, como la fuente de todo
el pecado del hombre? Múltiples menciones sobre este punto se encuentran en la
Escritura, tan sólo veamos el principio que nos presenta Job: “¿Quién hará
limpio a lo inmundo? Nadie” (Job 14:4). El pecado es la manifestación y
expresión más natural del corazón: “Engañoso es el corazón más que todas las
cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (Jeremías 17:9).
Sin embargo, es innegable que el hombre posee una libre voluntad. Todos los
días tomamos distintas decisiones sobre un sinfín de asuntos. Los reformadores
no negaban esto, pero si cuestionaban que el libre albedrío tuviera el poder de
llegar al bien de Dios. Por tanto, la existencia de la libre voluntad no es
discutible, pero sí su capacidad de llegar al bien de Cristo. El hecho que el
hombre tenga una libre voluntad no significa que esta sea buena, o que nos
lleve hacia la salvación. Si el hombre es totalmente depravado delante de Dios
jamás escogerá a Dios, siempre obedecerá a su pecado. Recordemos que Jesucristo
mismo dijo que el que comete pecado es esclavo de su pecado (Juan 8:32), y
sabemos que todo esclavo está sometido a la voluntad de su señor, en este caso,
el diablo. Aún cuando el esclavo tome miles de decisiones en su trabajo,
ninguna de ellas, por su condición de servidumbre, se puede superponer a la
voluntad de su señor: “¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos
para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para
muerte, o sea de la obediencia para justicia?” (Romanos 6:15). El libre
albedrío jamás puede negar la condición o naturaleza del pecador, y por tanto,
no puede llegar al bien. Todas las decisiones que tomamos están en el contexto
y condicionadas por nuestra muerte espiritual. Por esencia hacemos lo que
nuestra naturaleza caída demanda, siendo absolutamente responsables de nuestro
pecado. Si el libre albedrío está sometido a nuestra naturaleza depravada, no
tomará decisiones que lo lleven fuera de tal naturaleza. Morir a uno mismo y
amar a Dios no es una opción que aparezca en la baraja del no-regenerado. En
resumen, si el libre albedrío pertenece a nuestra naturaleza caída y depravada,
este jamás tendrá entre sus opciones amar a Dios, tener fe en Cristo, y por
tanto, acceder a la salvación.
“Aquel
que en su alma cree que el hombre de su libre albedrío se torna a Dios, no pudo
haber sido enseñado acerca de Dios”
Sermón
52: “El libre albedrío, un esclavo”
Charles Spurgeon
Charles Spurgeon
Si de
nosotros es la decisión, ¿De quién es la gloria?
En el siglo IV un monje britano llamado Pelagio se contrapuso a la idea que el
hombre estaba muerto espiritualmente desde la caída. Para él, el hombre nacía
perfecto y no estaba corrompido por el pecado original. Él explicó la razón de
la muerte de la siguiente forma: el hombre fue creado mortal, la muerte no es
la retribución por el pecado, sino una característica del hombre creado en el
Edén. Por tanto, para Pelagio, la muerte espiritual, es decir, la idea que el
hombre no tiene absoluta capacidad para llegar a la salvación, no es correcta,
y por consiguiente, en nuestro libre arbitrio podemos escoger no pecar, agradar
a Dios y llegar al perdón de Cristo.
Esta doctrina fue bautizada como pelagianismo, y condenada como herejía en el
concilio de Cartago en el año 412 d.c. Las razones de su condenación fue que
esta enseñanza negaba doctrinas fundamentales de las Escrituras, tales como el
pecado original, la muerte espiritual del hombre y la inhabilidad absoluta. Sin
embargo, aunque fue catalogado como una enseñanza anatema, el pelagianismo con
el tiempo pasó a tener una aceptación cada vez mayor en las congregaciones
cristianas, pero con una variante: el hombre está depravado por causa del
pecado, pero no está del todo inhabilitado para aceptar el evangelio en su
libre voluntad. En otras palabras, esta rama del pelagianismo consideraba que
el hombre estaba herido por la caída, parcialmente depravado por el pecado, y
por tanto, aún capacitado para responder con fe al evangelio. Esta enseñanza
fue y es conocida como semi-pelagianismo.
Con el tiempo, la doctrina del libre albedrío fue tan ampliamente aceptada que
muchos apologistas romanos escribieron sobre su supuesta capacidad de llevarnos
a Dios. Uno de ellos fue Erasmo de Rótterdam, apologista católico, que publicó
su defensa a la libre voluntad del hombre en un trabajo llamado “Diatriba sobre
el libre albedrío”. En esta obra se reafirman las conclusiones semi-pelagianas
de la depravación parcial, planteando que el hombre nace enfermo o herido, y
por tanto, aún está capacitado para aceptar o no ser salvo. Según esta defensa,
el hombre tiene la habilidad de iniciar una relación con Dios a través de la
fe. No obstante, aquí el libre albedrío nos lleva a un concepto aún más
comprometedor: “El hombre y Dios cooperan en la iniciación de la fe, el hombre
hace su parte y Dios la suya”. Esta idea de participación humana y divina en el
acto de la salvación se resume en el concepto de Sinergismo, palabra que viene
del griego “Synergos”, término que a su vez está compuesto de “Syn” que
significa juntos y “Ergos” que significa trabajo, por lo tanto, el significado
es “trabajar juntos”. En el vocabulario actual esto es reconocido como la
ilustración del 99% que pone Dios y el 1% que dispone el hombre en la obra
redentora. Aquel mínimo porcentaje que pone el hombre es su “SI QUIERO”, en
otras palabras, su aprobación o voluntad de ser salvado por Dios.
En
la actualidad, la gran mayoría de las congregaciones evangélicas concuerdan en
alguno de los puntos revisados anteriormente, ya sean pelagianos,
semi-pelagianos o sinergistas. Sin embargo, muy pocos saben que el mismísimo
Martín Lutero, reformador del Siglo XVI y uno de los fundadores de la iglesia
protestante y evangélica, del cual nuestras congregaciones se sienten herederas,
combatió y condenó estos tres puntos en su obra “La cautividad de la voluntad”
y en toda su teología. La principal disyuntiva de todo es: si el hombre tuviera
la capacidad de escoger el bien, tendría de antemano una naturaleza que es
fuente de un deseo por Dios. Esto significa que el hombre sería por esencia
bueno. Si el hombre puede libremente escoger a Dios y no pecar, entonces, ¿De
qué serviría que Cristo haya muerto en la cruz? ¿Habría la necesidad de un
salvador? Si nosotros tenemos la capacidad de resucitar por nosotros mismos
nuestra condición muerta, a través de la elección, entonces no existe la
necesidad de un Salvador: “No desecho la gracia de Dios; pues si por la ley
fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo” (Gálatas 2:21). Más bien damos
por sentado que Dios pasa a ser sólo un doctor que ayuda a un hombre enfermo,
antes que un Dios todopoderoso que da vida a huesos secos. El mismísimo Lutero
calificó el sinergismo como “una salvación por obras disfrazada”:
“Si
algún hombre le rinde algo de la salvación, aún lo más mínimo, al libre
albedrío humano, no conoce nada de la gracia, y no ha comprendido a Jesucristo
correctamente”
Martín
Lutero
Sermón
52 de Charles Spurgeon
“El
libre albedrío, un esclavo”
Según Lutero, el sinergismo de Erasmo consiste en a) creer en el evangelio, y
b) como resultado de esa fe, Dios nos otorga gracia. En otras palabras, sólo
hayamos gracia en Dios cuando depositamos nuestra fe en Él. Sin embargo, y tal
como lo expuesto por el mismísimo reformador, las Escrituras nos enseñan que
Dios nos salva, no por algo que hagamos, sino sólo por su gracia.
“Porque
por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don
de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”
(Efesios
2:8-9)
No existe ningún lugar en el evangelio en el que el hombre pueda gloriarse o
que acceda a la gracia de Dios por sus obras. Sin embargo, en nuestra teología
damos lugar a la obra como mérito de salvación. Sostenemos que Dios concede su
gracia sí y sólo sí el hombre decide creer en Él, y deposita su fe en su Hijo
Jesucristo. ¡Esto es salvación por obras! La Escritura considera que las obras
y la gracia son términos completamente opuestos en la salvación: “Y si por
gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia. Y si por
obras, ya no es gracia; de otra manera la obra ya no es obra” (Romanos 11:6).
El hecho de cooperar con Dios en el acto de la conversión es completamente
contradictorio con la Escritura, y nos lleva inconscientemente a la obra del
hombre por su salvación. Según la confesión de fe luterana, “El libro de la
concordia”:
“El
hombre por sí mismo, por sus poderes naturales, no puede contribuir nada o
ayudar a su conversión, y toda esa conversión es una operación, don, regalo y
obra del Espíritu Santo solamente, quien la lleva a cabo y la efectúa por su
virtud y poder, a través de la Palabra, en el entendimiento del corazón y
voluntad del hombre”
Como bien dice esta confesión de fe, la voluntad no es la causa de la
conversión, sino más bien el objetivo de la conversión. Dios regenera (hace
nacer de nuevo) al hombre para cambiar su voluntad esclava de su naturaleza
depravada, creando un corazón nuevo que permita voluntariamente amar a Dios y
cumplir su voluntad, opciones imposibles bajo una naturaleza caída, corrupta y
muerta en pecado. Quizás muchos apelen a este último punto diciendo que si el
hombre no tiene la disposición o voluntad de ser salvo, la salvación no puede
tomar lugar. Sin embargo, la Escritura nos deja en claro que el hombre jamás
tendrá la disposición de ser salvo, abandonar su pecado y amar a Dios, a menos
que Dios intervenga. La disposición voluntaria del hombre a la salvación es
fruto de la obra de Dios, y no un poder natural que el hombre tenga, o esté
capacitado para entregar a Dios.
Siguiendo lo expresado por el apóstol Pablo: “no por obras, para que nadie se
gloríe” (Efesios 2:9), llegamos a la conclusión que la gracia descarta por
completo la capacidad del hombre como la fuente para la salvación, más aún si
hablamos de su voluntad, aspecto no inmune a su naturaleza completamente
depravada. Más bien, la salvación sólo es por gracia, y esto nos lleva a la
total gloria de Dios. Sin embargo, es bastante contradictorio que defendamos la
salvación sólo por gracia mientras afirmemos que somos nosotros quienes
escogemos a Dios, y por esta obra, Dios nos concede gracia. Tomar una decisión
por Dios ya me adjudica un trozo de la gloria por el buen uso de mi voluntad, y
recordemos que la gloria es sólo de y para Dios:
“Por
mí, por amor de mí mismo lo haré, para que no sea amancillado mi nombre, y mi
honra no la daré a otro”
(Isaías
48:11).
Comprender la gracia, por tanto, es alejar la mirada de nosotros mismos y
elevarla sólo a la obra sobrenatural de Dios, quien es el único merecedor de
toda gloria y alabanza.
La
absoluta obra de Dios en la salvación
Martín
Lutero fue fiel a la Escritura y a Dios. Jamás apoyó la visión sinergista de
Erasmo, puesto que esta última robaba de la gloria de Dios, adjudicando cierta
parte al hombre por su decisión. Lutero observó en la Escritura que la
salvación es Monergista, es decir, el trabajo de uno sólo: Dios. El hombre no
intervenía en ningún punto, ni aportaba absoluta obra en el acto de la
salvación, sólo la gracia o amor inmerecido de Dios puede redimirle. Aunque al
hombre se le dé a escoger entre el camino de Dios y el de su pecado, este
siempre escogerá libremente su pecado, debido a su depravación absoluta. El
hombre no puede ser salvo por su decisión, no tiene la capacidad de serlo, y
esto correctamente nos lleva al único que ha prometido redimir sólo por
misericordia y que conoce nuestra realidad tal cual es: “Como el padre se
compadece de los hijos, Se compadece Jehová de los que le temen. Porque él
conoce nuestra condición; Se acuerda que somos polvo” (Salmo 103:13-14)
Si está desesperado al ver su real condición en la Escritura, y no puede hallar
respuesta a la pregunta de quién podrá ser salvo, quiero que sepa que no es el
primero. Los mismos apóstoles, al ver la inutilidad de sus obras para la
salvación, se hicieron la misma consulta:
“Sus
discípulos, oyendo esto, se asombraron en gran manera, diciendo: ¿Quién, pues,
podrá ser salvo?”
(Mateo
19:25).
Bajo
la doctrina del libre albedrío, la respuesta a esta pregunta sería: son salvos
los que aceptan a Jesús o deciden creer en Él. El problema de ello es que la
respuesta de Cristo fue todo lo contrario:
“…
Para los hombres esto es imposible; mas para Dios todo es posible”
(v.26).
En la respuesta de Jesús, el Señor nos aleja de la expectativa que el hombre
pueda alcanzar salvación, pues es IMPOSIBLE para él. Él aleja toda la confianza
del hombre en sí mismo y en sus obras, y la vuelve añicos. Jesucristo nos dice
que la salvación es un evento sobrenatural, milagroso, que va más allá de lo
posible, fuera de todo alcance humano. Él aleja la salvación de la capacidad
humana y la sitúa sólo en la obra sobrenatural de Dios. En toda la Escritura
podemos encontrar evidencias bíblicas que nos aseguren que la salvación es obra
absoluta de Dios, de principio a fin.
“Ninguno
puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en
el día postrero”
(Juan
6:44).
“Respondió
Jesús y les dijo: Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado”
(Juan 6:29).
“Así
que la fe es por el oír, y el oír por la palabra de Dios” (Romanos 10:17).
“Porque
¿quién te distingue? ¿o qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste,
¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?” (1 Corintios 4:7).
“…No
puede el hombre recibir nada, si no le fuere dado del cielo” (Juan 3:27).
Veamos tan sólo como se repiten los mismos patrones: Dios da, Dios trae, Dios
obra. En Juan 3:27 y 6:44, la Escritura nos dice que no existe ningún bien que
el hombre pueda hacer sin que exista el beneplácito de Dios manifiesto en su
obra. La frase clave es “si el Padre no le trajere”, es decir, sólo por medio
de la obra sobrenatural de Dios en el corazón del hombre es posible la
salvación. Notemos que Jesús dice “Ninguno puede venir a mí”, no sostiene
“todos pueden venir a mí, pero no eligen venir a mí”. No obstante, algunos
defensores de la doctrina del libre albedrío aseveran que es el hombre quien
decide en último término por su salvación debido a la declaración del mismo
Señor: “y no queréis venir a mí para que tengáis vida” (Juan 5:40). Sin
embargo, este pasaje reafirma las conclusiones que hemos sostenido
anteriormente. Jesús en el versículo anterior dice: “Escudriñad las Escrituras;
porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las
que dan testimonio de mí” (Juan 5:39), enfatizando aún más que aunque el
testimonio vivo de su venida, obra mesiánica, redención e identidad divina está
en las Escrituras, ellos no querían venir a Él. Por esto Jesús dice un capítulo
después que nadie puede venir a Él sin que el Padre no le trajere.
Observemos también como los oyentes del mensaje de Jesús le consultan: “… ¿Qué
debemos hacer para poner en práctica las obras de Dios?” (Juan 6:28), similar
consulta a la de Mateo 19:26. La respuesta del Señor nuevamente apunta sólo a
la obra sobrenatural de Dios, antes que la voluntad humana: “…Esta es la obra
de Dios, que creáis en el que él ha enviado” (v.29). ¡Jesús mismo pone en jaque
todo el sistema teológico que hoy damos por sentado! Para nosotros, la
salvación es un hecho si ponemos nuestra fe en el Señor, aún sin ser
regenerados, es decir, sin nacer de nuevo. Al parecer la fe antecede al nuevo
nacimiento. Sin embargo, Dios en Jesucristo nos dice que la fe de aquellos que
en Él creen para salvación es el producto de su obra en el hombre. Así también
lo confirma el apóstol Pablo: “Porque por gracia sois salvos por medio de la
fe; Y ESTO NO DE VOSOTROS, PUES ES DON DE DIOS” (Efesios 2:8). No es nuestra la
fe en Cristo Jesús. El hombre por su naturaleza no cree en Dios, ni en
Jesucristo, y tampoco tiene la facultad de tener tal fe. El ejercicio de la
libre voluntad no puede alcanzar algo que sólo por la obra de Dios es posible.
Recordemos que: “…nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo”
(1 Corintios 12:3). Sólo Dios, por medio del Espíritu Santo, hace nacer de
nuevo al hombre, que antes estaba muerto en delitos y pecados, completamente
corrupto delante de Dios. La obra milagrosa de la regeneración, o nuevo
nacimiento, que sólo proviene de Dios, es un acto humanamente imposible, que
requiere de todo el poder de Dios. El hombre muerto requiere de la obra
sobrenatural de Dios para volverlo a la vida. Sólo Dios puede resucitar al
hombre, mandando su Espíritu para revivirlo y regenerarlo de su condición caída
y muerta. Asegurar que por mis fuerzas creí en Jesucristo y fui salvo por ello,
es ignorar completamente la gracia de Dios, negar su poder y adjudicarme parte
de su gloria. Si alguien ha creído en Cristo y ha sido salvo debe concluir, por
las Escrituras, que no fue él quien creyó por sí mismo, sino que Dios le hizo
nacer de nuevo, y por tanto, fuera de su condición muerta, Dios le concede fe
para que voluntariamente se arrepienta y confíe en su Hijo Jesucristo. La fe en
Cristo es un don de Dios, y esto, como dice el apóstol Pablo, no es de
nosotros. La Escritura nos dice que la fe es parte del fruto del Espíritu
Santo: “Más el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad,
bondad, FE” (Gálatas 5:22), es más, el apóstol Pablo declaró en la misma
epístola que la fe en Cristo y en Dios no es una característica implícita del
hombre, sino más bien Dios la ha dado desde los cielos, por medio de su
Espíritu Santo, a tal punto que el apóstol reconoce que la fe VINO, y no estaba
en nosotros: “Pero antes que VINIESE la fe, estábamos confinados bajo la ley…
Pero VENIDA la fe, ya no estamos bajo ayo” (Gálatas 3:23-25). En la segunda
epístola a los tesalonicenses, el apóstol les recuerda que: “…no es de todos la
fe” (1 Tesalonicenses 3:2), es decir, que el hombre puede creer en sí mismo, en
sus capacidades, en dioses creados a su manera, o incluso, en un Cristo
diseñado en su mente que se conforma a sus estándares e idealismos, pero la fe
verdadera en Cristo, para la salvación y redención, no es algo que podamos
alcanzar por nuestras fuerzas, está fuera de toda obtención humana, más aún de
su voluntad. En la primera carta a la iglesia de Corinto, el apóstol los
reprende diciendo que si tenían algún don dado de Dios “… ¿por qué te glorías
como si no lo hubieras recibido?” (1 Corintios 4:7). Dios reprende en la
Escritura a todo aquel que se vanaglorie, pensando que su fe proviene de sí
mismo.
Cuando la Escritura nos habla de la salvación, jamás nos enseña a situar la
esperanza en el hombre, sino a observar la obra de Dios. Por ejemplo, el
profeta Isaías, al mencionar las buenas nuevas de salvación que vendrían por el
Mesías, afirmó: “En gran manera me gozaré en Jehová, mi alma se alegrará en mi
Dios; porque me vistió con vestiduras de salvación…” (Isaías 61:10). Notemos
que aquí todo el mérito de la salvación se lo lleva Dios, en ningún punto el
profeta adjudica que la razón de su salvación fue su voluntad dirigida a Él. Si
observamos a lo largo de la Escritura, es Dios el protagonista de la salvación,
no el hombre:
“Y
sabréis que yo soy Jehová, cuando abra vuestros sepulcros, y os saque de
vuestras sepulturas, pueblo mío. Y pondré mi Espíritu en vosotros, y viviréis,
y os haré reposar sobre vuestra tierra, y sabréis que yo Jehová hablé, y lo
hice, dice Jehová”
(Ezequiel
37:13-14)
“Y
cuando él venga (el Espíritu Santo) convencerá al mundo de pecado, de justicia
y de juicio”
(Juan
16:8)
“Entonces
una mujer llamada Lidia, vendedora de púrpura, de la ciudad de Tiatira, que
adoraba a Dios, estaba oyendo; y el Señor abrió el corazón de ella para que
estuviese atenta a lo que Pablo decía”
(Hechos
16:14).
La
salvación es un milagro de Dios, ¿Y qué milagro se considera como tal si existe
la posibilidad que sea hecho por nuestras propias capacidades? ¿Podría un
moribundo decir que su recuperación fue un milagro si existían todas las
posibilidades para que fuera curado? ¿Cuánto más un muerto podría decir que su
resurrección fue un milagro si no existe nada por si mismo que pueda volverlo a
la vida porque ¡Está muerto!? ¿O podría alguien decir que la salvación es un
milagro de Dios si considera que por el buen ejercicio de su libre albedrío
accedió a la salvación? Reconocer nuestra incapacidad, dejando toda confianza
en nosotros mismos y en nuestra decisión es comprender toda la naturaleza de la
gracia, un amor inmerecido de parte de Dios a sus escogidos. La gracia de Dios
es una negación implícita a la capacidad del hombre y el poder de sus obras.
“Pero
tuvimos en nosotros mismos sentencia de muerte, para que no confiásemos en
nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos”
(2
Corintios 1:9).
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